—En la plaza Municipal, a la entrada de la calle de los Alamos.....

Mr. Livingston dió media vuelta i desanduvo su camino, volviendo a llamar la atencion de los franceses de la puerta, que le tomaron entónces por capitan de buque.

Llegó a la casa señalada, i apénas entró al patio sintió que madama Ferran llenaba todos los ámbitos de la casa con su voz sonora, dando órdenes desde los altos. Subió la escalera, siguió el rumbo de la voz, i llegó hasta la persona que la producia. La voz paró un momento, pero luego se desató como una catarata. La servidumbre entera se puso en movimiento. Corrian luces por todas partes, tronaban los pisos entablados con las carreras, tropezaban los mozos llevando ropas de cama, bandejas, cubiertos i uno de ellos se despeñó escalera abajo, impulsado por madama Ferran que le mandaba a la cocina.

Un cuarto de hora despues todo estaba tranquilo.

Pasados algunos dias, en una tarde húmeda i nebulosa, Mr. Livingston estaba tomando café en el Aguila i sucedia lo que se refirió al principio.

XXIII.
1860.

Pronto se enterarán diez i nueve años contados desde aquella tarde. Mr. Livingston habrá hecho hasta entónces dos mil ochocientos cincuenta viajes entre Santiago i Valparaiso, i habrá repetido en cada una de esas ciudades mil cuatrocientas veinte i cinco veces tres palabras misteriosas.

¿I nosotros qué hemos hecho? Nada. ¡Un solo viaje! ¿Para atras o para adelante? Ese es el problema. Los descontentos, que son muchos, dicen que para atras. Los contentos, que son pocos, dicen que para adelante. Mr. Livingston, que nos ve con ojos serenos, talvez creerá que principiamos a andar cuando él emprendió su peregrinacion, pero que a pocos pasos que dimos tropezamos i nos caimos de cabeza en un abismo.

¿Pero cuáles serán esas tres palabras sacramentales que el ingles pronunciará todavía ciento cincuenta veces hasta enterar sus veinte años de peregrinacion? ¿Serán las mismas que pronunciaba al salir de la Cueva—justicia, patriotismo, democracia? No lo sabemos; puede ser que sean, si es cierto que el amor a la patria, cuando es puro i verdadero, estimula al patriota a practicar la justicia i a buscar la felicidad de la patria en el triunfo de la democracia.

Lo que es indudable, porque Lucero lo dijo, es que el dia en que se halle el patriotismo perdido, será dia de gloria, de contento, de paz i de fraternidad.