—Tu matrimonio esta arreglado, me dijo un dia mi hermano, ¡consiento en él!...

—¡Hola! ¿Consientes? le contesté yo, lo mismo daria que no consintieras, si él, tan caballero, como es, quiere salvarme de tu opresion.

—¿Todavía estás loca? Yo no te oprimo.

—Pero has asesinado mi corazon, me has vuelto loca. Mi desgracia es tu obra. Sacrificaste mi amor en aras de tus odios.

—Quise vengarte i salvarte de la perdicion.

—¿Vengarme? ¿de qué? ¿de ser amada? ¡Hipócrita! ¿Salvarme de la perdicion? ¿Quién me perdió si fuí perdida?, sino tu infamia, tus odios, ¡tu venganza!...

—Te perdió quien te sedujo, i el que seduce a una niña es un criminal.

—Tú lo dices. ¿I el que seduce a las esposas de los servidores, de los amigos? ¿I el que no se sacia jamas de seducir, prevalido del poder?...

—Ese tiene el derecho de hacer todo lo que dices, porque puede.

—¡Pero no debe asesinar a azotes al que supone amante de su mujer! ¡Ni debe matar a sus propios hijos, por suponerlos de otro hombre! Ni debe asesinar al esposo de la hermana...