—¡Perdonarte, sí. Olvidarte, no! ¿Cómo puede olvidar la víctima a su verdugo?
—Muriendo.
—Matándola. Tú debes saberlo. ¿Por qué no me has muerto a mí? Harto lo he deseado. He deseado mas. He querido matarme yo misma. Desde que tú asesinaste mi corazon, hace ya algunos años, no he tenido otro anhelo...
—No estarias ahora de novia.
—Sí, no estaria ahora obligada a asirme de esa única tabla de salvacion. Si quieres, la trueco por la muerte. Me caso por salvarme de tí. Por conseguir lo mismo, me mataria, dejaria con gusto que me mataras; i talvez seria mejor. ¡Quién sabe lo que me va a suceder!
—¡Eso no me importa!—dijo él dando vuelta las espaldas, i retirándose despechado, talvez furioso.
Yo quedé desahogada. Hacia años que no hablaba con él, que ni lo miraba siquiera.
No sé cuánto tiempo habia pasada encerrada, sin mas asistencia que la de dos cholas, que cuidaban de mí, i que a menudo lloraban conmigo... Decian que estaba loca. Tomaban por locura mi dolor; pero era porque no se queria que mis lamentos revelasen la verdad. Al fin me sacaron a la sociedad. ¿Seria porque habia dejado de lamentarme? Talvez. Ya entónces mi dolor era mudo, impotente, resignado, no hacia daño...
En la sociedad, fuí muda. Tenia la relijion del dolor i me encerraba para rendirle culto, el culto de mis lágrimas. Todos me compadecian, i no disimulaban su compasion. Cada cual se esmeraba en protestarme sus buenos deseos. ¡Qué consuelo! El desgraciado sabe bien lo que valen los buenos deseos de los felices. Le dan risa. Solo estima las simpatías de otros desgraciados.
¿Mi marido lo seria? ¿Por qué simpaticé con él? ¿Por qué me comprendió él, i se intimó conmigo? Tal vez porque era jeneroso, i no sabia mentir los buenos deseos con que ofenden los afortunados.