—¡Qué mal cumple usted! dijo Mercedes tomando su asiento i señalando otro a Alejo. ¿Ahora no mas se acuerda usted de que me prometió ser mi lector?

—No he tenido tiempo, murmuró Alejo avergonzado.

—¡Hola! ¿Le falta a usted el tiempo para mí? I de noche, ¿qué hace usted?

—Señorita, dijo Alejo con viveza, no sé disimular, no soi para rodeos. No he venido de...

—De cortedad, acabó Mercedes.

—Algo mas, de vergüenza, de miedo talvez.

—¡Miedo! ¿A qué, a quién? preguntó Mercedes un poco sobrecojida.

—No lo sé. Es lo cierto que no deseo otra cosa que venir aquí, i sin embargo no puedo. Hai algo que no me esplico i que corta a cada instante mi determinacion.

—¡La falta de costumbre! Es que todavía no sabe usted visitar, no sabe usted tener amistades, exclamó riéndose Mercedes; pero, observando que Alejo se avergonzaba, agregó: ¿quiere usted que yo sea su maestra? Venga aquí como a su casa, i le aseguro que en mui breve tiempo se acostumbrará usted al trato de señoras. Yo no soi de sociedad, no tengo mundo; pero al fin soi diferente de sus condiscípulos, únicas personas a quienes usted trata; i quizas, quizas podré acertar a iniciar a usted en el trato con las damas. Seria una dicha para mí que usted mas adelante, cuando sea un jóven notable en los estrados, se acordase de que una pobre ermitaña como yo le dió las primeras lecciones.

Esto, dicho con candor i amabilidad, cayó sobre el espíritu de Alejo como el riego sobre una flor marchita a las horas en que el sol se pone. Su cabeza se irguió, se estremeció de vida i de placer, sus ojos se purificaron, i su voz i sus palabras brotaron entónces seguras i sonoras.