Alejo se habia desmayado. La fiebre le devoraba, la inflamacion de su herida era mortal. Los médicos estaban en junta, el doctor Moran sostenia que debia abrirse de nuevo la herida i prolongarse, so pena de perder al enfermo; i agregaba que si su hijo hubiera hecho aquello desde el principio, el jóven estaria ya sano.

—¡Lo salvaremos, padre mio, lo salvaremos! repetia el hijo; pero los demas doctores opinaban que la operacion, aunque indispensable, era sumamente peligrosa. Sin embargo, el anciano Moran no desmayaba. Con el ascendiente que le daban su talento, su lenguaje enfático i persuasivo, sus ojos vivaces i espresivos, su cabeza de nieve que formaba contraste con el color moreno de su semblante, dominó a la junta e hizo adoptar su parecer.

Todos los doctores llegaron al lecho del enfermo, cuando él habia vuelto de su desmayo i cambiaba algunas palabras con su madre, una señora jóven i hermosa, i con Mercedes, cuya belleza se realzaba con el dolor. El doctor Moran principió por hacer salir a la primera i a los demas circunstantes, pero Mercedes persistió en permanecer al lado de su amigo, i éste lo exijió tambien, diciendo que estaba dispuesto al trance.

Hechos los preparativos, el viejo doctor esclamó con voz acentuada:

«Nunc opus, Eneas! Nunc pectore firmo.»

—Eso me sobra, replicó Alejo. Tengo mucha voluntad de vivir; i tendió a Mercedes su mano derecha con una sonrisa encantadora.

Mercedes estrechó aquella mano de fuego con efusion, i al sentir el rasgo de la horrible cuchilla, dada con mano firme por el anciano, reclinó su frente sobre la de su querido, i casi selló sus lábios con su boca de rosas.

Alejo no habia hecho mas que suspirar, pero de nuevo se habia desmayado. Mercedes cayó de rodillas i sin color.

El doctor Moran la alzó con dulzura, i la condujo afuera, persuadiéndola con amabilidad de que debia retirarse.