Mercedes se encontró sola en el patio. Todas las puertas estaban cerradas, i no se atrevió a tocar a ninguna. Una hora pasó allí enjugando sus lágrimas, hasta que salieron los médicos de la junta a montar a caballo para retirarse.

—¿Vive? preguntó temblando al mas anciano.

¡Todavía! le respondió éste, agregando que nada se podia asegurar hasta que pasaran veinticuatro horas; pero que era necesario mucho silencio i que nadie se acercase al lecho del moribundo...

Mercedes salió desolada tras de los médicos a la calle. El sol reverberaba en las dos aceras. Todo estaba solo. No se oian mas que los galopes de los doctores que se retiraban por diferentes rumbos.

Cuando llegó a su casa, el postigo de la puerta de calle estaba entornado. Subió a su aposento i se echó en su sillon, sin sentido i agobiada de calor i de fatiga.

XIII.

¿Quién no conoce esas horas de dolor, en las cuales no se vive, ni se muere? Todos los instintos se apagan, el alma no tiene mas que una sola idea, si tiene alguna.

Una especie de vapor envuelve nuestro sér, una noche tenebrosa, en la cual no reluce mas que una sola estrella, la del dolor.

El tiempo pasa lento i pesado; pero el corazon no lo siente, i aun lo halla corto para su pesar.

Así habia pasado aquel dia infausto para Mercedes, i las sombras de la noche habian oscurecido su salon, sin que ella lo notase.