Mas de repente un prolongado silbido la despierta i sobresalta. Fija su oido, i terminado el silbo, cantaba el sereno del barrio:
«¡Ave María purísima! ¡Las diez han dao i nublaaaao!»
Mercedes salta de su sillon i en pocos momentos mas, penetraba en puntillas en la casa del doctor Moran.
Todo estaba en silencio i a oscuras. Pero en la puerta del aposento que conducia al de Alejo, a un lado habia un brasero encendido con tetera encima de las brasas, i al otro lado una mujer sentada en una silleta pequeña.
Mercedes se acercó lentamente, la mujer se levantó, i respondió a sus preguntas, noticiándola de que el enfermo estaba malo, i que solamente entraban a su cuarto la madre i el doctor jóven, que no se separaban del lecho.
Mercedes rogó a la mujer que le permitiera estar con ella i ayudarla a trasnochar.
La mujer le cedió su sillita de paja i se sentó a su lado en el suelo.
El silencio era profundo. La noche estaba borrascosa i el calor sofocante. A menudo relampagueaba, i la luz eléctrica iluminaba aquellos dos bultos negros.
La mujer, como acabando de rezar, se santiguó, i suspirando dijo por lo bajo: