—La noche está de muerte.
Mercedes se estremeció i preguntó:
—¿Cree usted que morirá Alejo?
—Así dicen, señorita, i tendremos otra ánima que pene en esta casa, ademas de las muchas que ya hai.
—¿Aquí hai ánimas que penan?
—¡Ah! no se puede figurar su merced cómo nos tienen; pero el patron no crée, i cada vez que la señora le cuenta alguna mano, se echa a reir i nos trata de tontas i majaderas. Yo creo que este caballerito enfermo se va a morir, porque desde que está aquí, entran hasta de la calle las ánimas.
—¡Cómo es eso! replicó con viveza Mercedes.
—Sí, señorita. Nunca se habia visto lo que ahora. Algunas noches se aparece aquí en el patio, sin saber cómo, una fantasma que pregunta por el enfermo i se desaparece. Nadie sabe quién es, ni se le puede ver la cara.
—¿Vendrá esta noche?
—Puede ser, porque hace dos o tres noches que se aparece. Vea, señorita, hablando del rei de Roma: allí la tiene en el zaguan. ¡Madre mia del Cármen, favoréceme! ¡Jesus, Jesus!...