Un hombre alto, mui alto i seco, acechaba desde el zaguan i los primeros rayos de la luna que entraban por la puerta de la calle dibujaban su sombra.
Luego, paso a paso se acercó a las dos mujeres i en voz mui baja preguntó:—¿Cómo está el jóven?
La cuidadora, haciendo la cruz con una mano i tapándose los ojos con la otra, le respondió:
—No pasa de esta noche.
El fantasma quedó inmóvil i medio inclinado hácia las mujeres. Mercedes se cubrió con su mantilla.
Momentos despues, el fantasma estiró su largo brazo i asiendo del puño a Mercedes, la levantó i arrastró con él a la calle, diciéndole:
—¡Tú no debes estar aquí, imprudente!
La luna menguante se elevaba sobre los Andes entre nubes negras, cuyos bordes teñia de ópalo i zafiro, e iluminaba la vereda del sur de la calle de la Merced.
—Vamos a la sombra, dijo Ramiro, sin soltar el puño de Mercedes, que temblaba de coraje.
—¡Me persigues hasta en mi dolor, hombre siniestro! dijo Mercedes casi llorando.