—No, cálmate, Mercedes. Comprende. Piénsalo bien. ¿No basta que yo sea el órgano de tu gratitud?
—¿Mi gratitud? ¡Quieres decir de mi amor! ¿Tú el órgano de mi amor?...
—Espera. Sé que amas a ese muchacho; pero ¿puede convenirte a tí ni a mí que el mundo crea que él ha hecho eso porque es tu amante? ¡Qué gracia tendria entónces! Por el contrario, nadie sabe que te conozca, i todos creen que ha obrado de puro noble i valiente. Precisamente por eso paso siempre a informarme de su salud i hoi he estado al morirme de cólera, al saber que tú habias venido.
Mercedes calló. No entendia ni una palabra de este lenguaje, i pensó un momento que su marido estaba loco. Pero a medida que éste insistia en persuadirla de que no debia ver a Alejo, comprendió que habia algo de mui grave, que ella no conocia i se interesó en la conversacion de Ramiro.
Cuando llegaron a la casa, ya Mercedes estaba instruida de la aventura del café, i su corazon latia con violencia.
El español entró a su aposento, diciéndole con toda la dulzura de una fiera:
—Prométeme, mujer, no ir otra vez a casa del enfermo. Yo te traeré noticias de él...
—¡No puedo! Me moriria si no fuera a verlo siquiera una vez al dia...
—Pues, ¡muérete! No irás, yo cargaré la llave de la puerta, dijo Ramiro, cerrando con ímpetu la de la alcoba.
Todo quedó en silencio en la habitacion. A lo léjos se oia el triple i sonoro tañido de la campana de las Capuchinas, que llamaba a los maitines de la media noche.