Mercedes sintió la necesidad de Dios, i cayó de rodillas a pedirle favor, a rogar por la vida de su amigo.

XIV.

Al dia siguiente, Ramiro estaba sentado en uno de los salones de billar del café de Hévia. Era domingo.

Varios estudiantes, que aun permanecian en Santiago, jugaban una partida con gran ruido i algazara.

—¿Qué será del defensor del gobierno? decia uno de los jugadores.

—¿Cuál, preguntaba otro, el de la camisa de estopilla?

—Sí, agregaba un tercero, el de la cabeza abollada.

—¡Oh! Dicen que ha habido que raparle a navaja i ponerle un parche de mate, esclamaba aquél.

—No, decia el de mas allá, yo he visto en la calle al tal asesino. Sale de noche, pero todavía con la cabeza atada. Ha hecho cama muchos dias, i lo ha asistido el médico de palacio.