Ramiro, que habia permanecido impasible, se conmovió al oir tal esclamacion, i salió de prisa del salon.
Ninguno de los circunstantes sabia que ese hombre era el marido de la mujer, cuya honra habia defendido Alejo. Pero, sin saber por qué, todos le miraron a un tiempo, cuando se levantó.
—¿Quién será ese pejegallo? dijo riendo uno de los estudiantes.
—¡Algun espía!
—Compañero del de la camisa bordada.
—Justamente, debe serlo, esclamó uno de los jugadores. Jamas habia visto en los billares a ese as de bastos, sino en las mesas del patio. Pero desde el suceso de Alejo, su presencia aquí parece suplir la ausencia del de la cabeza remendada.
La partida se terminaba en ese momento.
—En fin, dijo uno, tirando el taco: no se diga de nosotros que somos indolentes i mataperros. Vamos todos a saber de Alejo. Si el viejo Moran ha acertado su cuchillada, seguimos de largo hasta los baños de Alexandri, donde acabaremos alegres el dia, para irnos esta noche al Parral de Gomez.
—¿I si el viejo ha echado bolas a la raya? preguntó el último llegado.