—Tambien seguiremos de largo, pero solo a bañarnos. Haremos duelo por ese bravo muchacho; i escarmentaremos en él. Por lo que a mí toca, aunque hable de mi madre el primer pillo que llegue, me callaré la boca. ¡Pues ahí es nada, que por cosa de mas o ménos le entierren a uno el puñal, i lo despachen en los albores de la vida!

—¡Qué bestia! esclamó aquél. Hablas como un canalla!

—¿Así piensan en el Maule? preguntó otro.

—Cada uno para sí i Dios para todos, respondió el interpelado. Ya pasaron los tiempos de don Quijote.

—Pero el tiempo de los caballeros i de las almas nobles no pasa nunca, concluyó el que le llamaba bestia.

Los estudiantes salieron, sin cuidarse de los que oian su conversacion, i al salir por el gran patio, encontraron a Ramiro que volvia sereno i casi alegre a tomar asiento en una de las galerías del jardin.

—¡A dónde iria tan de prisa este lagarto? esclamó uno de los estudiantes.

—A saber de Alejo, respondió con fisga otro, sin saber que acertaba en la verdad.

Al cruzar para los viejos portales de la plaza, los estudiantes vieron pasar al galope, en un caballo blanco, al doctor Moran i esclamaron: parece que va contento el señor don Pedro. ¡Buenas señas!

La caravana se dirijió a la calle de la Merced.