XV.

Varios dias habia pasado Mercedes en su estrecha prision. Ya no tenia lágrimas en los ojos. La fiebre la consumia.

Ramiro, que contra sus hábitos habia estado mas a menudo en casa, durante esos dias, se habia acercado algunas veces al dormitorio de Mercedes, i dando tres golpecitos en la puerta, le habia dicho secamente:—«El enfermo está fuera de peligro.»—«Tu amigo convalece rápidamente.»

Cada vez que Mercedes oia algunas de estas palabras, esclamaba:—«¡El tigre se divierte!»—«¡El infame se burla!»

El silencio volvia a reinar en los aposentos, i solo era interrumpido por hondos suspiros, por ayes de angustia, por sollozos sofocados.

Mil medios habia tentado Mercedes para salir a la calle, pero en vano. Hasta habia creido posible lanzarse por el balcon.

Mediante la bondad de su madre, a quien habia confiado su pesar, se habia aprovechado de las salidas indispensables de la muchacha sirvienta, para informarse de Alejo; pero sin avanzar nada.

En la casa vecina, la muchacha no habia podido penetrar. Estaba sola i permanecia cerrada.

En casa del doctor Moran, que la sirvienta habia tardado en hallar, nunca le daban contestaciones fijas, i siempre la habian despedido en la puerta.