—El muerto al hoyo i el vivo al pollo, dijo sonriéndose don Miguel.

—¿Podriamos ir, mamita, a los Desagravios esta noche? preguntó con cariño Mercedes, i agregó: ¿no le parece a usted que Ramiro no me prohibirá ir a la iglesia?

—¡Quién sabe! esclamó la señora. ¡Hace tanto tiempo que no puedo salir a la iglesia!

—Por favor, dijo Mercedes, abrazándola; iremos al paso, se apoyará su merced en mí, i descansaremos donde sea necesario.

—Anda, mujer, añadió don Miguel. Cuando la hija te pide que vayas a la iglesia, es porque Dios habla por su boca.

La señora se inclinó hácia su hija i la dijo en voz baja:

—¿Por qué no vas tú sola? Desde que tu marido ha dejado la llave i no te vijila, se entiende que no reina su prohibicion.

—No obstante, mamita, le respondió Mercedes estrechándola, no me atrevo a salir sola, ni quiero rebajarme a preguntar a ese hombre si puedo salir. Acompáñeme su merced. ¡Haga este sacrificio por su hija desgraciada!

Mercedes se inclinó llorando sobre el seno de su madre. Esta la besó en la cabeza i le dijo:

—Cálmate. Iremos al anochecer.