—Al cabo Dios tocó tu corazon empedernido, esclamó el albino, levantándose de la mesa, donde los tres habian hecho su comida.

Mercedes estaba ya mas familiarizada con la idea de la muerte de su querido. Habia pagado el primer tributo de angustias i de desesperacion que produce la separacion eterna de un ser amado; le quedaba aquel dolor que es tanto mas sereno miéntras mas profundo, en el cual suele cebarse el corazon. Por eso anhelaba conocer los detalles de la muerte de Alejo. La curiosidad la molestaba cada dia mas, desde que su marido habia dejado de dar los tres golpes en su puerta para decirle en seguida una frase de consuelo, que ella recibia como un sarcasmo.

Al anochecer de aquel dia, bajaban lentamente por la vereda del sud de la calle de la Merced dos mujeres de luto, con lijeras i angostas mantillas sobre la cabeza que cubrian los perfiles de sus rostros.

Las chilenas no acostumbraban entónces vestirse de monjas, con anchos mantos, para asistir al templo.

De trecho en trecho se paraban a descansar. Una de ellas, que era la madre de Mercedes, se apoyaba en ésta, i se sentaba si el sitio ofrecia un asiento.

Al entrar en la cuadra de la Merced, ambas afirmaron su marcha. Mercedes se sintió fuertemente conmovida al oir el piano de la casa del doctor, cuyos acordes en ese instante parecian estar en la calle, porque estaban todas las puertas abiertas. Las ventanas del estudio estaban de par en par, i adentro conversaba en alta voz el anciano con varios amigos. ¡Qué contraste para el pobre corazon de aquella hermosa!

Mercedes no sabia cómo hacer. ¿Entraria en la casa? ¿Llamaria para tomar informes del primero que saliera? ¿Pasaria de largo, perdiendo el objeto de su escursion?...

Pero al enfrentar a la puerta, el doctor jóven salia i se encontró frente a frente de Mercedes. Esta tuvo valor i le detuvo.