—Por favor, señor, le dijo, ¿podria usted oirme una palabra?

El jóven vaciló un momento. Mas al reconocerla, esclamó:

—¡Oh qué fortuna! Desde hoi tengo una carta para usted, señorita, i me proponia hacerla llegar a sus manos esta noche misma. Me encaminaba a buscar su casa.

—¡Una carta! repitió Mercedes.

—Sí, de Alejo, que me escribe por primera vez, desde que nos separamos.

Mercedes sintió paralizarse la sangre de sus venas. No comprendió nada i se quedó mirando estupefacta al jóven.

—¿No oyes? la dijo la señora sacudiéndola: ¡una carta de Alejo!

—Sí, de Alejo, continuó el jóven, que está de carnaval en Rancagua, en donde ha asistido a dos bailes de máscaras. Su familia vino con él a pasar allí los últimos dias, despues de haber estado un mes en la hacienda donde yo lo dejé ya sano.

—¡Sano! repitió Mercedes conservando la carta en la mano con la misma actitud en que la habia recibido.

—¿No lo crees? ¡Qué niña! esclamó la señora sacudiéndola del brazo otra vez.