—¡Oh! Su sanidad quedó asegurada al otro dia de la terrible operacion, prosiguió el jóven. Luego creimos conveniente sacarlo al campo, e hicimos con la familia el viaje en carreta. Yo no me vine sino cuando ya lo dejé paseando a caballo. El me encargó que la visitara a usted, i me confieso reo de la falta. Pero entre tanto pasaremos adentro. No se diga que yo las recibo a ustedes en la calle.
—No, gracias, contestó la señora, es imposible...
La despedida fué cariñosa, ménos de parte de Mercedes, que apénas tuvo alientos para dar las buenas noches.
Ambas volvieron sobre su camino. Mercedes anhelante, ahogada en suspiros i lágrimas, arrastraba mas bien que conducia a su madre.
—¡Vive! esclamaba a veces. ¡Alejo vive! ¡Dios mio! i estrechaba a su corazon la carta i la besaba con efusion.
—Sí, añadia la señora, vive. Dios es justo. Ya lo decia yo; ese jóven no podia morir.
La mañana siguiente era espléndida. Una lijera tormenta de verano la habia refrescado i las auras jugueteaban sin rumbo.
Los balcones de Mercedes estaban abiertos.
Ella vestia de blanco i tenia todo su negro i joyante cabello estendido sobre las espaldas. Un lijero tinte violado en sus párpados, resto de su agudo pesar, formaba contraste con la alegría que se irradiaba de su bello semblante.