Eran las diez de la mañana i a esas horas todavía leia Mercedes, por milésima i una vez, las siguientes líneas:

«¿Qué es de tí, hermana querida, mi Mercedes, mi amiga idolatrada? ¿Por qué no me has escrito?»

»¿Sabes por qué no lo habia hecho yo ántes de ahora? Porque estaba en una hacienda, donde ademas de no conocerse el papel, ni mas plumas que las de las aves del corral, no me dejaban hacer otra cosa que pasear i aburrirme.

»La última noticia que tuve de tí, era que habias sido arrebatada del patio del doctor, una noche, por un fantasma que te arrastró por los aires, despidiendo raudales de chispas.

»Todos los dias hacia yo repetir esta conseja a mi sirvienta, testigo de vista. Su seriedad nos hacia reir, pero su fé solia ser contajiosa, pues mi madre i la señora del doctor no se reian en ocasiones.

»Al tiempo de mi partida, dejé encargo de que te avisaran, dándote mi direccion para que me escribieras. Por eso es que no he podido esplicarme tu silencio.

»¿Te diré que pensaba i pienso en tí a toda hora, i que mi alma te pertenece aun en sueños? Si así no hubiera sido, no habria yo convalecido. Queria vivir para tí. Queria sanar para tí. ¿Tengo yo otro halago en la vida?

»Me parece que te oigo a cada momento, i a menudo, aun estando profundamente pensativo, me sobresalto, porque siento que tú murmuras mi nombre a mi oido. ¡Te amo tanto Mercedes!

»Pero no. No tengo para qué escribirte una carta de amor.

»Ni sé hacerlo, ni tú necesitas que lo haga.