—¿Con cuántos esclavos se trabaja la hacienda? interrogó Roberto.

—¿Esclavos, dices?... esclamó don Sebastian, arrugando las narices, señalando sus rojas encias i echando atras los brazos. ¿Qué no sabes que hace diez años, tu madre i yo, con el poder de Greene, emancipamos a mas de quinientos que habia, por escritura pública i demas solemnidades del caso? Ese era el gran deseo de doña Rosalia, i estraño mucho, que tú no conozcas un hecho que levantó aquí una bataola infernal, dando que hablar a todas las gacetas del mundo. I lo mas orijinal es que ninguno de los emancipados salió del injenio. Todos quedaron al lado de tu madre, trabajando como hombres libres, con su salario, con habitaciones cómodas para sus familias, con escuelas, enfermería, tratados en fin como jentes. ¡Viva la libertad! Tú vas ahora a ver ese pueblo de libres.—¡Ah! ¡I como se han chasqueado los que vaticinaban que se iba a arruinar la empresa con la libertad de los esclavos! Justamente desde entónces han llovido las bendiciones de Dios sobre nosotros. ¡Un ingles, como tú, no debe hablar de esclavitud!

Luisa i Ana se habian conmovido, oyendo con sumo interes la relacion de don Sebastian, i esclamaban:

—¡Libres! ¡Todos libres! ¡Bendita sea mi madre! I el alegre anciano, batiendo el brazo en el aire, gritaba:

—¡Libres, como nosotros!

Pero luego, bajando la voz, agregó:

—Aunque en realidad de verdad por acá no lo somos tanto, ¡como los negros del injenio! Que no me oigan los libres de esta tierra!...

—Aunque emancipados, los esclavos nunca dejan de ser tales, dijo secamente Pedro, quien lo habia oido todo, sin participar de la alegría de los demas.

El jóven Agüero se sonrió i con mucha cortesía le replicó: