—Otra rectificacion, señor Llorente, i perdone Ud., que siento mucho no estar de acuerdo con su opinion. No creo que en jeneral el emancipado permanezca siempre esclavo i no pueda rejenerarse. Es indudable que la esclavitud degrada, corrompe, pervierte; pero es porque siendo ella la negacion mas completa de la personalidad humana, deja sin embargo viva la responsabilidad personal. El esclavo que carece de derechos, tiene que respetar los ajenos, i debe cumplir deberes como hombre libre: de modo que es fustigado como bestia de trabajo i se siente horriblemente destrozado como ser moral. Emancípelo Ud., vuélvalo a su equilibrio moral, como hombre de derecho i de responsabilidad, i verá que en la mayor parte de los casos sale de su abyeccion para rejenerarse por el trabajo i la libertad. Esa es la esperiencia.
—¡Déjate de filosofías, gritó don Sebastian, con los amigos de la esclavitud, con los partidarios del despotismo! ¿No han inventado ellos tambien su filosofía para hacernos creer que hai una raza latina que no ha nacido para la vida libre, sino para vejetar bajo el amparo de sus déspotas coronados? Con su pan se lo coman esos nenes que han dado en llamarse raza latina; i como en materia de latines no hai quien tenga tantos como los españoles, dejemos al señor Llorente con su amor a la esclavitud de los negros, quienes por la cuenta deben ser de la misma raza latina. En el poco tiempo que conozco al señor don Pedro, me ha hecho pensar muchas veces que los de su raza son incorrejibles en materia de preocupaciones contra la libertad. ¿No se lo he dicho a Ud. mismo, caballero?...
—Le debo esa, como otras muchas franquezas, señor don Sebastian, respondió Llorente; pero no se equivoque Ud: no soi partidario de la esclavitud, ni sé latin, por mas que pertenezca, como español, a la raza latina. Lo que sí creo es que la esclavitud es a veces una necesidad, un hecho que se impone por la fuerza de las cosas, como aquí en el Perú, en Cuba, en Estados Unidos; i me parece que tal hecho es justificable respecto de los negros, i solo de los negros, que no son de nuestra raza, sino seres imperfectos nacidos para esclavos. I eso es tanto, que aunque se les emancipe, siempre quedan esclavos, porque son negros.
—Parece que no conocieras la historia, le interrumpió Luisa con tristeza. Recuerda un poco que la primera civilizacion de que hai memoria en el mundo, esa gran civilizacion ejipcia que ilustró a los griegos i judíos, que pasó a los romanos, i de todos ellos, a la edad moderna, es la obra de la raza semítica i de los pueblos bérberis. Esos son los negros que tanto desprecias, i la civilizacion de que hoi nos jactamos no nos autoriza para vejarlos en su decadencia, como no nos da tampoco fundamento alguno para esclavizarnos entre nosotros mismos, inventando una raza latina con el fin de justificar lo injustificable.
—Todas esas son historias, Luisa mia, esclamó don Sebastian, i debes saber que la historia, a fuerza de tornizcones, tanto puede servir a los enemigos de la libertad como a los que la defendemos, sin necesidad, puesto que la libertad se defiende por sí misma, sin que la dañen el pro ni el contra. Yo quiero solo hacer una pregunta al señor Llorente, o latino, que es lo mismo. ¿Por qué han de ser los negros mas apropiados a la esclavitud que los blancos?...
—Porque nacieron tiznados! respondió Llorente, i Luisa se retiró aflijida del círculo i sentóse en un ángulo de la sala.
—Luego Ud. i yo, que lo somos un poco... agregó don Sebastian con una cara radiante de risa. Pero, amigo mio, ¿no vé Ud. que por razon análoga los blancos deben ser mas aptos para la esclavitud puesto que nacen desteñidos? Si hai antagonismo entre ambas razas por su color, por su fisonomía, por su civilizacion, i eso le da a Ud. título para esclavizar a los negros, tambien debe confesar que éstos a su turno tendrian igual derecho, por el mismo motivo, para esclavizar a los blancos. Entónces tenian razon los piratas de Túnez i de Arjel cuando cautivaban blancas para sus harenes i blancos para sus servicios. ¡Ah! Si ellos hubieran tenido mas fuerza que los europeos que robaban negros en Africa para venderlos en América, i hubieran hecho otro tanto en España i en Italia, hoi estarian los señores moros i los etiopes servidos por blancos. I yo no sé, querido, que estos no se hubiesen enbrutecido, corrompido i envilecido mas que los negros, despues de trescientos años de cadena. De seguro que Ud. no habia de hallar ahora en su raza blanca eso que puede ver a cada paso en los pobres negros, que despues de diez jeneraciones de esclavitud, conservan siempre, con el vigor i gracia de las formas, aquella profunda bondad del alma que se revela en esa eterna risa que descubre sus dientes de plata i en aquella inocencia con que hablan en alta voz a solas, publicando su pensamiento a todos vientos!...
—Sin embargo, interrumpió Ana, señor don Sebastian, a mí me asustan los negros, me horripilan. ¡No lo puedo remediar, me parecen monos, qué sé yo!...
—No me pasa a mí otro tanto, dijo con cierta reserva Roberto. Mas, aunque nunca he visto un esclavo, se me figura que me he de aflijir si veo alguno. Bendita sea mi madre que me ha libertado de ese dolor!
Don Sebastian los miró alelado, diciendo entre dientes: