Luisa, en ese momento, se levantó repentinamente del lejano asiento en que habia permanecido, e interponiéndose entre los interlocutores, presentó a don Sebastian la fotografia que le diera Llorente, i le preguntó:—¿Conoce usted este retrato?

Ana i Roberto se agruparon con suma curiosidad a ver la fotografia, preguntando de quién era, i don Sebastian les contestó con alegre cariño:

—¡Es vuestra madre, hijos mios, la buena Rosalia!...

Ana, desvaneciéndose, esclamó:—¡Una negra!...

Roberto, asustado, gritó:—¡Imposible!

Llorente sostuvo en sus brazos a Ana, i el doctor Agüero estrechó cariñosamente las mano de Roberto.

Hubo un largo silencio.

V.

El silencio fué interrumpido por la hermosa Luisa, dando lugar su palabra a la siguiente escena dramática entre los circunstantes: