Luisa. ¡Qué! ¿Os espanta vuestra madre?

D. Sebastian. ¡No lo permita Dios! Un hijo que se asustara de su madre seria un imbécil.

Ana. (Volviendo en sí, risueña.) Pero es una broma, ¿no es verdad?

Roberto (tétrico). ¡Una impostura!

D. Seb. Calma, hijos mios, calma. ¿No veis la resignacion anjelical de vuestra hermana mayor?

Ana (levantándose con resolucion). ¿Pero tengo yo cara de negra, Dios mio? ¿Podemos nosotros descender de una negra? Basta mirarnos.

D. Seb. Sin embargo, no hai nada mas cierto. No sois los primeros blancos que nacen de una negra.

Rob. De todos modos, hai una impostura: esa negra no ha podido ser la esposa de un caballero ingles. Bien puede un hijo ignorar quién fué la querida de su padre.

D. Seb. I seria su deber no averiguarlo. Mas cuando ella es madre i se revela a sus hijos, éstos no pueden negarla, sin cometer un crímen.

Luisa. Mi corazon me dice que esa negra es mi madre. Yo la acepto, yo la amo. No me importa que os asuste.