—El mozo. Para allá me las guardes. Somos pocos todavía; cuando seamos hartos se nos quitará la sed.
—El hombre. No hai mas que ir al garito: allí sí que es permitido divertirse.
—El otro. ¡I caer en el garlito! ¡Qué se ha de hacer!
—Uno de los jóvenes. ¿Por qué no les permiten divertirse donde ustedes quieran?
—El viejo. Así está mandao, señor.
—El jóven. ¿Quién lo manda?
—La vieja. ¡Quien puede! Aquí manda no quien quiere, sino quien puede.
—El otro jóven. ¿Quién es el gobernador de esta ciudad?
—Un hombre. ¡Quién sabe! Yo no lo conozco ni sé quién es.