—Una voz. ¡A quién!
—Otra voz. ¡Contra quién!
—Muchas voces. ¡Para el pobre no hai justicia!
—Uno de los jóvenes al otro. Silencio, mas cautela, porque aunque éstos no conocen a la autoridad, sino que la aborrecen, nunca falta entre ellos algun traidor que la busca para denunciar estas conversaciones, pues saben que esos denuncios se pagan jenerosamente.
Estas palabras no fueron oidas mas que por el otro jóven. El silencio sucedió por algunos momentos. Un silbido trajo otros, una palabra lanzada al aire provocó otras, i sin embargo de que todos marchaban en paz, comenzaron a elevarse algunos terrones i piedrecitas que caian perpendicularmente sobre los jóvenes.
Así continuaron hasta que fueron desapareciendo casi todos por la puerta de una fonda, dentro de la cual habia gran ruido i movimiento.
Los dos jóvenes que habian entrado tambien tranquilamente, sin hacer caso de las provocaciones, se instalaron en una mesa que estaba sola; pero los circunstantes no podian reconocer en ellos a los que les habian hecho compañía por la calle, pues eran enteramente distintos en fisonomía.
—Uno de los jóvenes al otro. ¿Observas a algunos de esos hombres que entran a aquel caramanchel i salen de allí contando dinero?
—El otro jóven. Si, he visto a varios. ¿Se da acaso dinero en ese cubichete?
—Nó, se presta, con la condicion de devolverlo ántes de salir de este sitio. El que recibe se pone a probar fortuna en el juego, i si pierde, tiene que pagar el préstamo con su persona.