De noche ya, van entrando en una ciudad, opaca i silenciosa, un viejo i un jóven. El primero tiene narices para dar i prestar, i el segundo, aunque niño todavía, muestra unos ojos claros, tan poderosos i ardientes, como si fuera mujer. Sí, porque los hombres, aunque tengan ojos hermosos, jamas los tienen poderosos como las mujeres.
Entran ámbos a una casa que estaba iluminada i concurrida.
—¿Hai posada para dos viajeros? preguntó el viejo.
—Como no, le respondieron, i para mas tambien: entren ustedes al salon: por aquí, inter se les prepara un cuarto. ¿Con dos camas, no es esto? Porque ustedes no deben ser la pareja de macho i hembra que acaba de venir a buscar la policía.....
Estas palabras fueron dichas por el fondista adentro del gran salon, donde habia muchos parroquianos. Todos levantaron la cabeza hácia la puerta por donde entraban los viajeros, i muchos se miraron entre sí, como de intelijencia mutua.
El niño que acompañaba al viejo, haciéndose mas indiscreto que el fondista, replicaba a éste:
—Pierda usted cuidado: tras de la misma pareja andamos nosotros, porque somos ajentes secretos, como muchos de estos señores que están aquí.[20]
El fondista se descubrió i saludó a los recien venidos, cosa que no habia hecho ántes, porque no les habia adivinado la autoridad. Ellos, por su parte, tomaron asiento mui familiarmente alrededor de la mesa a donde estaban los demas velando un tazon, o mas bien, abismados en la llama de un tazon de ponche.
—¡Loado sea Dios! dijo uno cuando se estinguió la llama.