—¡Cómo tarda esa en quemarse! dijo otro.
—Esto es siendo espíritu, agregó un tercero. ¡Cuánto tardaria el cuerpo de un hereje cuando se usaba la hoguera!
El viejo, como si hubiera tenido algo de hereje, esclamó conmovido:
—¡Afortunadamente, hoi no se quema a nadie!
—Quienes pierden con eso, replicó el niño, son los mirones. ¿Qué mas le da al que muere que le maten a fuego de leña o de fusil, a hierro de cuchillo o a soga? Todo es morir: la muerte es la que espanta, la que encanece todos los cabellos en una noche, no el instrumento.
Todos callaron, como aterrados por la locuacidad del niño, quien, sin ser invitado, se sirvió ponche i continuó.—El hombre necesita matar a su semejante, porque solo la muerte sacia su orgullo: si hubiera un dolor mas supremo que la muerte, el poder del hombre no se saciaria con ella, i la muerte dejaria de ser pena capital, quedando al nivel de cualquiera otra de esas penas que no satisfacen. En otro tiempo la relijion servia de pretesto para quemar, porque no se hallaban bastantes delincuentes en el órden ordinario. Felipe II, ese corazon seco, que solo estaba apasionado de su autoridad, i que castigaba con la muerte cualquiera contradiccion a su poder, no teniendo rebeldes que ahorcar, fué a buscar en las hogueras de la inquisicion, una satisfaccion a su orgullo: por eso la fomentó i por eso esclamaba que mas queria no tener ningun vasallo, que tenerlos herejes. Desacreditado aquel pretesto, la autoridad ocupó el lugar de la relijion: hoi no se usa de la hoguera para castigar la opinion relijiosa; pero se usan muchos jéneros de muerte para castigar las opiniones políticas. ¡I se dice que han mejorado las costumbres!
—A mí poco me importa que se empeoren, esclamó uno de los circunstantes, escanciándose una buena parte de la ponchera. Todos imitaron su ejemplo, i otro, mirando el fondo de su vaso despues de haberlo apurado, agregó:
—¡Quisiera Dios mostrarme mi porvenir en el asiento de este vaso!
—Eso es lo que interesa, i no la mejora de las costumbres, dijeron varios con algazara.
—Por eso hacen ustedes bien en mirar el concho, agregó el viejo, porque el vaso suele decirlo todo cuando se llena i se vacía repetidas veces.