—En lo que hacen mal, observó el niño, es en pedir a Dios que muestre el porvenir. Dios no se ocupa en eso, ni tiene para qué pensar en el porvenir de bribones como nosotros. ¿Quieren ustedes que yo evoque al Diablo para que nos cuente nuestro horóscopo?

—Sí, sí, repitieron todos; veamos cómo.....

El niño trazó encima de la mesa, con una varita que sacó de su ropa, dos triángulos inversos, i dijo: esta es la cruz de Salomon. Despues hizo tres círculos concéntricos a la cruz, i puso sobre ésta la ponchera. Vació una botella de ron, allegó la luz i revolvió con la varita, recitando entre dientes un conjuro. De repente surjió una hermosa llama de fondo azul i flancos amarillentos, que dió a todos los semblantes un color lívido i cadavérico: las luces de la sala se apagaron solas, i las sombras de los que rodeaban la mesa, se retrataron tremulosas i jigantescas en las murallas.

Todos miraban de hito en hito la llama i con unas caras ávidas i desconcertadas. El viejo solo tenia un aire tranquilo i meditabundo.

En el centro de la llama comenzó a delinearse un objeto. Todos se apiñaron, devorando con los ojos la figura, hasta que apareció bien perceptible en el puro azul de la luz una máscara roja, de cuya ancha boca salian siete lenguas, i cuyos costados estaban guarnecidos de multitud de orejas.

—¡Qué es eso! ¿Quién es ese? preguntaron varios precipitadamente.

—¡Todos! respondió el niño.

—No, no, no; ese no puede ser el porvenir de todos, gritaron muchos. Toda la vida no hemos de estar escuchando, chismeando i mintiendo; esta es una carrera como cualquiera otra. Nuestro horóscopo no es ese.

—No, es el presente, replicó el hechicero: cada cual verá su horóscopo en su vaso. Apronte cada uno el suyo, voi a servir para que bebamos.