“Poco más ó menos, sucede otro tanto en lo económico. Los comerciantes de Londres y Liverpool, de Hamburgo y Amsterdam, del Havre y Marsella, de Génova y Trieste, de Barcelona y Cádiz saben que pueden obtener plata y cochinilla en Méjico, añil y café en Centro-América, oro, tabaco, maderas de tinte en Nueva Granada, café y cacao en Venezuela, sombreros de paja y cacao en Guayaquil, guano y plata en el Perú, cobre en Chile, quina y plata en Bolivia, cueros en Buenos Aires y Montevideo, etc.
“Y esos mismos comerciantes de Europa saben también á cuáles de nuestros mercados pueden enviar sus telas de algodón y lana, de lino y seda, sus vinos y otros líquidos, sus metales y artículos de quincallería y mil otros productos de las manufacturas europeas.
“¿Qué más? ¿Sabe Europa alguna otra cosa del continente, del mundo de Colón? No, ¿para qué? ¿Le importa saber algo más? Parece que no, si juzgamos por los hechos. Las sociedades europeas saben que tenemos volcanes, terremotos, indios salvajes, caimanes, ríos inmensos, estupendas montañas, mosquitos, calor y fiebres en las costas y los valles húmedos, boas y mil clases de serpientes, negros y mestizos y una insurrección ó reacción mañana y tarde. Saben también que producimos oro y plata, quinas y tabaco y mil otros artículos de comercio.
“Eso es todo. Pero, ¿conocen acaso nuestra historia colonial, la índole de nuestras revoluciones, los tipos de nuestras razas y castas, la estructura de nuestras instituciones, el genio de nuestras costumbres, las influencias que nos rodean, las condiciones del trato internacional que se nos da, las tendencias que nos animan y el carácter de nuestra literatura, nuestro periodismo y nuestras relaciones íntimas? No, nada de eso.
“¡El mundo europeo ha puesto más interés en estudiar nuestros volcanes que nuestras sociedades, conoce mejor nuestros insectos que nuestra literatura, más los caimanes de nuestros ríos que los actos de nuestros hombres de Estado, y tiene mucha mayor erudición respecto del corte de las quinas y el modo de salar los cueros de Buenos Aires que respecto de la vitalidad de nuestra democracia infantil!
“El contraste es bien triste y humillante, y por cierto que lo es más para las sociedades europeas que para las hispano americanas. Podríamos citar cien nombres de naturalistas que han ido á estudiar y explorar á fondo en el presente siglo la naturaleza hispano-colombiana. No tenemos noticias de uno solo (después del admirable Humboldt, hombre de genio universal) que haya ido á estudiar detenidamente la sociedad. Molien, que no hizo en Colombia estudios, sino colecciones de consejos ridículas, no escribió sino puerilidades y absurdos.
“La mayor parte de los viajeros, ó visitando apenas las costas, ó deteniéndose durante pocos días en algunas ciudades, ó tratando sólo con las clases inferiores de la sociedad, no han venido á propagar en Europa sino errores, nociones truncas y exageradas ó extravagancias, de que se ríen los lectores en Colombia. El hecho es que en Europa se ignoran profundamente las condiciones sociales, políticas, históricas de los pueblos hispano-colombianos...[3].
“Por otra parte, y esto es más importante todavía, los europeos se han equivocado deplorablemente en sus previsiones y apreciaciones respecto de la revolución colombiana de 1810. Ó la han temido ó la han despreciado sin fundamento. Unos, desconociendo las leyes que presiden á la aclimatación de los gobiernos y las instituciones, han creído que la democracia colombiana, al consolidarse y perfeccionarse desarrollando grandes progresos, podía tarde ó temprano hacer irrupción en Europa y destruir, ó, por lo menos, socavar profundamente, los tronos y las aristocracias é instituciones europeas. De ahí la guerra llena de antipatías, desdenes y ultrajes que algunos gobiernos le han declarado desde 1810 á la democracia colombiana, como si no hubiese entre las condiciones sociales de los dos mundos una distancia mayor aún que la que establece el océano entre la naturaleza de los dos continentes.
“Otros no le han tenido miedo á la democracia hispano colombiana, sino que (y éstos forman la mayoría) la han desconocido de tal modo, que la han despreciado, desdeñando creer en su vitalidad irrevocable, lógica, fatal como una necesidad para el equilibrio de la civilización y del mundo político y económico; democracia fecunda, dígase aquí (en Europa) lo que se quiera, que no podrá desaparecer sino con la ruina total de las sociedades colombianas.
“Los que han desdeñado nuestra democracia han sido cortos de vista, pero lógicos. Al ver que la revolución de 1810 fué un movimiento súbito, inexplicable y sin causas en apariencia, y al considerar la esterilidad de las revoluciones democráticas en Europa (esterilidad falsa que estamos muy lejos de reconocer), han creído que en Colombia todo era transitorio y subalterno, que allí sólo se trataba de un cambio de decoraciones: presidentes en lugar de virreyes, congresos en vez de audiencias, la dictadura de muchos en reemplazo de la dictadura única del monarca de España.