Mas, bien poco deben leerse esos escritos en Europa, cuando la ignorancia de sus gobiernos, de sus congresos, de sus estadistas y de sus escritores acerca de la América, brota y rebosa en todas las ocasiones en que tienen que ocuparse en nuestros negocios y en nuestra situación. No tenemos necesidad de recorrer la historia ni de acumular hechos para probarlo: bastan los presentes.

¿Á qué se deben si no las tentativas de la España contra Méjico, contra Santo Domingo y contra el Perú, que hoy emprende de nuevo, mandando continuar la guerra en aquella isla, y exigiendo del Perú mucho más que lo que obtuvo por la Convención de Chinchas de 20 de enero de 1865; á qué la guerra atentatoria, inmotivada é injustificable que hace á Chile porque no le da explicaciones de actos lícitos é inofensivos, que le han sido dadas hasta la saciedad; á qué la invasión de Méjico por la Francia, con la aquiescencia y aplauso del gobierno inglés, esa guerra sin ejemplo, porque la historia de la humanidad “no registra una sola más injustificable por sus causas, más inútil y perniciosa por su objeto, más ilógica y contradictoria consigo misma, más condenada por sus propios alegatos y por la opinión universal, más deshonrada en sus alianzas y en todos sus medios, y quién sabe si más suicida”[1]; á qué, en fin, las tentativas de protectorado de Napoleón III en el Ecuador y todas las demás empresas políticas ó industriales, públicas ó privadas que la Europa ha puesto por obra en estos últimos años contra la independencia de la América ibera, contra su sistema liberal, contra sus ideas democráticas, contra todos sus progresos en la senda del derecho?

¿No hemos visto fundarse diarios y escribir libros para propagar la ridícula teoría de que la raza latina tiene una naturaleza diferente y condiciones contrarias á las de la raza germánica, y que, por tanto, sus intereses y su ventura la fuerzan á buscar su progreso bajo el amparo de los gobiernos absolutos, porque el parlamentario no está á su alcance? ¡Á qué esa mentira! Bien sabemos los americanos que el principio fundamental de la monarquía europea, la base social, política, religiosa y moral de la Europa, es un principio latino, es decir, pagano, anticristiano: el principio de la unidad absoluta del poder, que mata al individuo, aniquilando sus derechos; pero sabemos también que hoy no existen ni pueden existir ni en Europa ni en América la raza latina ni la germánica.

La raza latina desapareció ó se modificó y regeneró profundamente desde que los pueblos de raza germánica conquistaron los dominios romanos, y mal pueden llamarse latinos, después de quince siglos, los franceses que descienden de los francos, pueblo germánico que pobló las Galias, que hoy se llaman Francia; ni los españoles que fueron engendrados por los godos y visigodos, también pueblos germánicos que conquistaron y poblaron la península. ¿Qué tienen de latinos los alemanes que gimen bajo el yugo del principio latino, que consagra el poder absoluto; ni qué los descendientes de los lombardos que en Italia combaten por tener un gobierno que respete el derecho?

Germanas y no latinas son las monarquías europeas del principio latino ó pagano del absolutismo, y también los pueblos que están de rodillas delante de ellas, arrastrando una vida prestada en medio de las tinieblas de la ignorancia, en que la dignidad y los derechos del individuo han desaparecido.

Lo que se ha querido con aquel absurdo es hacernos latinos en política, moral y religión, esto es, anular nuestra personalidad, en favor de la unidad de un poder absoluto que domine nuestra conciencia, nuestro pensamiento, nuestra voluntad y, con esto, todos los derechos individuales que conquistamos en nuestra revolución; para eso se ha inventado la teoría de las razas. Pero tal pretensión sólo prueba una cosa, y es que la Europa está completamente á obscuras acerca de nuestros progresos morales é intelectuales; y que así como se engaña por su ignorancia cuando pretende volvernos al dominio de sus reyes, se engaña puerilmente cuando aspira también á imbuirnos en sus errores, en esos absurdos que hacen la fe de sus pueblos.

Un distinguido escritor americano levantó su voz en Europa para reprocharle esa ignorancia, en palabras tan elocuentes como verdaderas, que no podemos dejar de repetir para autorizar las nuestras[2]: “Las repúblicas colombianas—dijo—son un verdadero misterio para el mundo europeo, sobre todo desde el punto de vista político-social. Acaso son algo peor que un misterio, un monstruo de quince cabezas disformes y discordantes, sentado sobre los Andes, en medio de dos océanos y ocupando un vasto continente.

“Á Europa no llega jamás el eco de las nobles palabras que se pronuncian, la imagen de las bellas figuras que se levantan, ni la revelación clara de los hechos buenos y fecundos que se producen en Colombia (América española). ¡No! ¡Lo que llega es el eco estruendoso y confuso de nuestras tempestades políticas, la fotografía de nuestros dictadores de cuartel ó de sacristía, las proclamas sanguinarias ó ridículas de nuestros caudillos de insurrecciones ó reacciones igualmente desleales! Y como Europa no nos conoce sino en virtud de esos datos, ella ha llegado á concebir una opinión respecto del mundo colombiano que, sin exageración, se puede traducir con esta frase: ‘Colombia es el escándalo permanente de la civilización, organizado en quince repúblicas más ó menos desorganizadas’.

“¡Extrañas aberraciones en que suelen incurrir las sociedades civilizadas en su manera de estudiar, apreciar y juzgar á las que les son inferiores! Europa ha tenido gran cuidado de enviar al Nuevo Mundo muchos hombres de alta capacidad, encargados de estudiar la naturaleza física de nuestro continente: Humboldt y Bompland (sin contar los sabios y viajeros del siglo XVIII), Boussignault y Roulin, D’Orbigny y cien más, han hecho en ese vasto campo estudios y revelaciones de la más alta importancia.

“El mundo europeo conoce poco más ó menos las cordilleras colosales, los formidables ríos, las pampas y los páramos, los nevados y volcanes, los golfos y puertos, la flora y la fauna, la geología y meteorología del mundo colombiano. Si en sus pormenores curiosos la naturaleza americana ha sido apenas superficialmente explorada, al menos su conjunto y sus formas generales y características no son ya un misterio para las gentes ilustradas de Europa.