“Europa—ó cuando menos las potencias occidentales europeas, Inglaterra, Francia y España, de mancomún con el obscurantismo teocrático del clero archipapista—, en una palabra, la Europa retrógrada, la Europa aristocrática y monárquica, la Europa esencialmente antiliberal, ha comprendido desde hace muchos años que contra la perpetuación de su predominio se había levantado en el continente de América un poderoso enemigo.

“El republicanismo americano ha sido durante muchos años la perenne pesadilla de los reyes, de los magnates oligarcas, y de la frailesca hueste esclava de la ambiciosa, hipócrita, despótica, anticivilizadora, absurda é imposible corte romana.

“Pero el republicanismo americano sólo era temible á los ojos de la Europa retrógrada, en cuanto podía presentarse grande, glorioso, fuerte, y por lo mismo, seductor.

“Por el contrario, el republicanismo de los pueblos de este continente que se mantuviesen débiles, poco populosos, tardíos en el progreso material, vacilantes en su marcha política, trabajados por discordias intestinas amenazados en su prosperidad por ambiciones personales, con preocupaciones sembradas en las masas por un clero ignorante y ávido de riqueza y predominio, con un mero simulacro de marina mercante, sin sombra siquiera de marina de guerra, con insignificantes relaciones comerciales, sin caminos de hierro, sin navegación fluvial, sin telégrafos y casi sin medios de recíproca comunicación, ese republicanismo poco asustaba á la gran facción antiliberal europea.

“En el último tercio del siglo XVIII, Washington el Bueno comenzó una revolución, cuyo complemento se halla hoy encomendado á Lincoln el Honesto.

“Esa revolución dió por primeros frutos la independencia y la libertad de gran parte de la América Septentrional—la emancipación del pueblo francés en 1797—, la difusión de las ideas liberales, así en el continente europeo como en todo el americano—el desprestigio de la ridícula teoría del derecho político divino—la civilización propagada por la revolución francesa—y finalmente la independencia y libertad de los más de los pueblos de la América del Sur y de todos los de la América Central.

“Merced á aquella gloriosa revolución, la democracia y la República echaron hondas raíces en el suelo americano.

“Erigióse triunfante, bella, colosal, la República de los Estados Unidos de América; y muy pronto desde Río Grande hasta el San Lorenzo floreció una nación independiente, pujante, vigorosa y cada día, cada hora creciente, en la cual el gobierno popular, libre, antimonárquico, antiteocrático, demócrata-republicano, presentó un admirable y seductor ejemplo de la prosperidad que pueden prometerse los pueblos que saben sacudir la opresión de los reyes, la dominación teocrática y el roedor despotismo oligárquico.

“Los Estados Unidos de América vinieron á ser el modelo de las repúblicas. Adolecían todavía de defectos debidos á la conservación de antiguos vicios, imposibles de desarraigar en un día ni en un año. La revolución no se había consumado; pero su fruto, la República hija de la revolución, llevaba en sí el germen de su propio desarrollo y la savia que, tarde ó temprano, había de operar naturalmente su mejoramiento y completar de suyo y por infalible necesidad su perfección.

“No pudo faltar un Washington para su principio y fundamento. No había de faltar, un día ú otro, un Lincoln, para su consolidación y completo remate.