Nos hemos complacido en copiar la opinión del escritor moderno más caracterizado de la Inglaterra, porque es la que predomina en todos los grandes hombres de aquella nación, la que aparece parafraseada y expuesta en todas formas en su prensa y en sus discursos. Pero como el noble lord se ha equivocado tan afortunadamente, todos los demás, prensa y estadistas, se acaban de llevar un chasco tan soberano con la terminación de la guerra norte-americana, que todavía no se reponen de su espanto.

¿Necesitaremos demostrar en América aquella equivocación? ¿Necesitaremos decir que la República ha triunfado en una portentosa crisis á la cual no pueden compararse, en magnitud y en poder, las que producen esos motines del hambre que con tanta frecuencia amenazan á la monarquía y á la aristocracia en la Gran Bretaña?

¿Y por qué no se realizaron los temores del sabio historiador en la crisis política que en medio de la producida por la guerra tuvo la República con motivo de la elección de presidente? Entonces hubo una numerosa clase hambrienta que explotaron á sus anchas los demagogos del partido demócrata, auxiliados por la autoridad del gobernador de Nueva York y por el oro que los esclavócratas y los ingleses y franceses protectores de los esclavócratas derramaban á manos llenas.

Entonces llegó el tiempo que para más tarde esperaba el lord de la literatura inglesa; entonces fueron puestas las instituciones democráticas á la prueba que él temía: el gobierno no se ocupó absolutamente en refrenar á esa mayoría agitada por la miseria y por el oro corruptor, y confió en el poder de aquellas instituciones y en el juicio del pueblo; y las instituciones triunfaron, y el pueblo republicano probó que quería la abolición de la esclavitud, con la reelección del viejo Abraham, y que el gobierno que se funda en la libertad, es decir, en los derechos individuales, no se bambolea siquiera por la demagogia ni por los motines.

El motín es una manifestación de la vida democrática en Norte-América; la autoridad casi nunca se toma la molestia de refrenarlo, y deja al interés individual, al pueblo que vive de sus libertades, que está interesado en la existencia de las instituciones y del gobierno que se las asegura, al pueblo que no ve sobre sí á un ente que está de más, con el título de rey, y que vive de la fortuna pública; al pueblo que no tiene una aristocracia que lo explote, que sea dueño de las tierras, que bebe champaña y anda en coche á costa del pueblo que muere de hambre; al pueblo libre, en fin, á la americana y no libre á la inglesa, el cuidado de sofocar y aun de castigar los motines.

Mas los ingleses se atendrán siempre á la opinión de Macaulay, á pesar de su falsedad, porque ellos no comprenden otra libertad que la suya, esa libertad que deben á los privilegios conquistados por su aristocracia. Sus nobles conquistaron para sí y para el pueblo la libertad individual, el derecho de votar sus impuestos, el de ser juzgados por sus iguales, y más tarde se aumentó ese caudal de derechos con la libertad de conciencia, aunque limitada por una iglesia oficial; la del pensamiento y la de asociación, aunque sujetas á trabas que las modifican, pues que las opiniones pueden ser justiciables, y el derecho de asociarse depende de condiciones que lo restringen.

En el goce de todos esos derechos el pueblo inglés se siente ligado á la aristocracia y la monarquía, y ambos saben que deben su existencia al goce de tales derechos por el pueblo, puesto que si el pueblo inglés no los poseyera, otra sería su situación y día había de llegar en que el hambre y el despotismo le hicieran despertar para tomar severa cuenta á la corona y al sistema feudal. Los derechos individuales son, pues, allí la salvaguardia de la monarquía y de la aristocracia, y el pueblo, que los ama, no tiene otra ambición que la de sostener esos poderes que se los aseguran, haciendo consistir su gloria en las distinciones sociales, que desea con avidez, porque nunca ha necesitado de la igualdad para ser libre, y siempre ha visto que la igualdad puede ser sacrificada sin mengua de su bienestar y de la libertad.

¿Podrá una sociedad semejante concebir un gobierno sin monarca hereditario, sin aristocracia y con un pueblo que posea esos mismos derechos en mayor extensión, que administre por sí mismo todos los negociados sociales y políticos y que posea la igualdad como base fundamental de tal organización? No, la República no cabe en la cabeza de un buen inglés, y por eso la nación entera mira con desdén á sus hijos de América, y no alcanza á concebir que en la América española pueden organizarse repúblicas duraderas. ¿Para qué se tomarían sus estadistas la pensión de estudiar á nuestros pueblos y de conocerlos? Somos en su concepto simples nacionalidades anárquicas, que tenemos una vida efímera, y que estamos destinados á servir de pasto á un gran imperio.

¿Serán capaces de comprender mejor que los ingleses la República de América las demás naciones de Europa cuyo evangelio político es la unidad y omnipotencia de la monarquía latina, esto es, el poder absoluto que domina la conciencia, el pensamiento, la voluntad, y que aniquila al individuo para engrandecer la autoridad, sea que ella esté en las manos de un monarca, de una aristocracia ó de un cuerpo de representantes del pueblo?

¿Quién ha comprendido en Francia al escritor más amante de la libertad, al simpático Tocqueville, al patriota más sincero, que consagró sus mejores años al estudio de la democracia en los Estados Unidos, para convencer á sus conciudadanos de que no eran libres, y de que estaban engañados al creerse tales porque habían conquistado la igualdad?