Veamos si no la situación actual de la ciencia política en cuanto al Estado y á los derechos individuales en Europa, y podremos calcular la inmensa distancia que separa en política al Nuevo Mundo del Viejo. Llama ahora la atención el publicista más notable que jamás haya tenido la Francia, M. Laboulaye, quien acaba de presentarnos un cuadro de las teorías de Guillermo Humboldt, de Mill, de Eœtvœs y de Jules Simón, que son, sin duda, los escritores contemporáneos que más profundamente han tratado la cuestión de la libertad y del Estado en Alemania, en Inglaterra y en Francia. Siguiendo á Laboulaye vamos á exponer y juzgar esas teorías, y después juzgaremos al mismo sabio escritor[7].
NOTAS:
[5] Alexis de Tocqueville, por Laboulaye.
[6] London Quarterly Journal, julio 1861.
[7] L’Etat et ses limites, por Laboulaye, 1860.
V
Humboldt no podía dejar de tomar como base la gran verdad que sobre el fin del hombre nos ha revelado la filosofía alemana; es á saber, que el fin más elevado que el hombre puede proponerse aquí abajo, que le prescriben las reglas inmutables de la razón, es el de desarrollar el conjunto de sus facultades, porque sólo en ese desarrollo puede consistir su perfección, como hombre, como cristiano, como ciudadano. Á juicio del gran escritor alemán, este mejoramiento no puede ser completo, ni el desarrollo armonioso, sino con dos condiciones: libertad de acción y diversidad de situación[8].
“El ideal de la Edad Media, como del siglo de Luis XIV es la unidad, la unidad en todas las cosas, en religión, en moral, en ciencias, en industria. Se procura obtener esta unidad por medios artificiales; es el Estado el que la impone y la mantiene. De este modo se consigue, no la unidad verdadera, que consiste en el acuerdo de los espíritus, sino la uniformidad, es decir, una regla exterior, una fórmula vacía que se hace aceptar á viva fuerza, domeñando toda oposición.
“El pueblo no cree, pero se calla; este es el reino del silencio y de la inmovilidad. Hoy no es así. Una concepción más exacta y más verdadera del alma humana nos ha dado una idea más justa de la unidad. En el hombre como en la naturaleza, admitimos variedades infinitas, y sólo podemos buscar la unidad viviente en el conjunto, en la armonía de esas notas diversas... Estas nuevas vistas han arruinado la antigua política.
“Al fin se ha comprendido que imponer la uniformidad por el despotismo de la ley es proseguir una obra mala y estéril. Para que un país sea rico, industrioso, moral, religioso, es necesario que nada estorbe á la expansión infinita de las aptitudes humanas; en otros términos: es preciso antes de todo considerar y respetar la libertad de los individuos. ¿Cuál es entonces el papel del Estado? Humboldt lo reduce á dos cosas: en el exterior, á proteger la independencia nacional; en lo interior, á mantener la paz. He aquí los límites del gobierno. En otros términos, Humboldt atribuye al Estado el ejército, la marina, la diplomacia, las rentas, la policía suprema, la justicia, la tutela de los huérfanos y de los incapaces; y le quita la religión, la educación, la moral, el comercio, la industria; y todo eso en virtud de estos dos principios: libertad de acción y diversidad de situación”.