Á nuestro juicio, como al juicio de todo americano, el escritor alemán comprendía el punto de partida, y de él sacaba un criterio seguro para apreciar debidamente las relaciones en que deben existir el Estado y la sociedad; pero las preocupaciones monárquicas, el espíritu estrecho que ha creado en Europa la dominación secular de esa misma doctrina de la unidad del poder extraviaron aquel criterio, y dieron una prueba más de que las nuevas vistas no han arruinado todavía la antigua política en Europa, y de que la concepción exacta y verdadera del alma humana, que ha dado á algunos sabios una idea más justa de la unidad, no es ni popular ni bastante poderosa para vencer en esos mismos sabios las preocupaciones.

Establecer que la misión del Estado es proteger la independencia en el exterior y mantener la paz en lo interior, no es limitar el gobierno, sino dejarlo en posesión de todos los poderes que hoy se atribuye para llenar aquellos fines, puesto que esos fines son el pretexto que los partidarios de la unidad del poder alegan para sostener el sistema absoluto. ¿Qué no se han permitido los gobiernos para defender la independencia nacional y para mantener la paz? ¿Acaso no han sacrificado siempre todos los derechos individuales, todas las facultades activas de la sociedad para constituir un poder fuerte que pueda conservar y defender aquellos dos fines supremos?

No, la misión del Estado es otra; es la de representar el principio del derecho en la sociedad, tanto en sus relaciones exteriores, empleando la fuerza, cuando sea necesario defender ese derecho, como en lo interior, para facilitar á la sociedad y á cada uno de sus miembros las condiciones de su existencia y de su desarrollo. Cuando el Estado limita su acción de esta manera, la paz interior es un resultado, y no un fin del Estado, como lo supone Humboldt; y si alguna vez se altera, no necesita el Estado traspasar las vallas del derecho, como no lo ha necesitado en los Estados Unidos del Norte durante la guerra de cuatro años, la más portentosa que han presenciado los siglos, y en la cual por primera vez en el mundo se ha presentado un gobierno que sin salir de los límites del derecho ha sabido llenar su misión.

NOTAS:

[8] Ensayos sobre los límites de la acción del Estado, por Guillermo Humboldt.

VI

Dice Laboulaye que las ideas de Humboldt han inspirado visiblemente el libro de Stuart Mill sobre la Libertad, que éste contiene á la sociedad en los mismos límites que Humboldt traza al Estado, y que el único reproche que él le haría, dejándole la responsabilidad de ciertas ideas particulares, es que su libro no muestra sino un lado de la cuestión, porque se ve allí la libertad, pero no se ve al Estado. “El gobierno aparece como un enemigo que es preciso combatir, la Administración como una llaga que es necesario reducir”.

Este reproche es injusto. Es verdad que Mill se propone principalmente, como él lo declara, “investigar la naturaleza de los límites del poder que la sociedad puede legítimamente ejercer sobre el individuo”; pero á cada paso también estudia y fija los límites que en su concepto separan la acción del Estado de la libertad individual.

Mill cree que la naturaleza humana no es una máquina invariable en su marcha y en su trabajo, sino una cosa viviente que crece y varía sin cesar, que tiene necesidad de independencia para desarrollarse en todo sentido; y aludiendo á los políticos que sostienen que el Estado debe reglar este desarrollo, porque dispone de todas las luces, de todos los recursos de la sociedad, se pronuncia enérgicamente contra semejante error.

El Estado vive del pasado, dice, no sabe nada del porvenir, todo lo que él puede hacer con su pretensa sabiduría es detener á la sociedad en el surco ya trillado, condenarla á la inmovilidad, lo que para un sér viviente es la muerte. Ahí está la China: los chinos son un pueblo de mucho talento, y, bajo ciertos respectos, de mucha sabiduría; ellos han tenido la fortuna de recibir en los tiempos antiguos muy buenas costumbres, obra de hombres á quienes no se puede rehusar el título de filósofos.