Los chinos han inventado un excelente sistema para imprimir su sabiduría y su ciencia en el espíritu de cada ciudadano, asegurando los puestos, el honor, el poder á los que mejor poseen aquella antigua sabiduría. Un pueblo que ha hecho eso habría, sin duda, descubierto la ley del progreso humano y debería estar á la cabeza de la civilización; pero, por el contrario, está estacionario y ha quedado en un mismo punto desde millares de años, y si alguna vez mejora, lo deberá á los extranjeros.
“Los chinos han alcanzado, más allá de toda esperanza, el objeto que persiguen con tanto celo los filántropos ingleses: han hecho un pueblo absolutamente idéntico; las mismas máximas, los mismos usos reglan el pensamiento y la conducta de cada uno de los chinos.
“Se ve cuál es el efecto de este sistema. Pues bien: no hay que engañarse. El despotismo de la opinión es el régimen chinesco, menos la organización; y si la individualidad no sacude su yugo, la Europa, á pesar de su noble pasado, aunque se dice cristiana, acabará como la China”.
No es esto todo. Mill, como lo reconoce Laboulaye, condena la intervención del Estado en la libertad individual á nombre de este principio de Economía política: “Siempre que la cosa pueda ser mejor hecha por los particulares que por el Estado, lo que sucede de ordinario, confiaos en la industria privada”.
También agrega que hay multitud de cosas que tal vez los particulares no harán tan bien como la administración, y que, sin embargo, deben remitirse á los ciudadanos, tales como el jurado civil, la administración municipal, los hospicios, las administraciones de beneficencia, las cajas de ahorro.
Sobre todo, Mill se pronuncia abiertamente contra la centralización administrativa, como el sistema más invasor de la libertad individual. “Toda función nueva—dice—atribuida al gobierno aumenta la influencia que ejerce y le atrae todas las ambiciones, todas las envidias. Si los caminos, los ferrocarriles, los bancos, los seguros, las grandes compañías por acciones, las universidades, los hospicios llegasen á ser otros tantos negociados del Poder; si además las administraciones municipales y las oficinas que de ellas dependen llegasen á ser otros tantos departamentos de la Administración central; si los empleados de todas estas empresas diversas fuesen nombrados y pagados por el Estado; si les es necesario esperar sólo del Estado su progreso y la fortuna, ni la libertad de la prensa, ni la constitución popular de nuestra legislación podrían impedir que la Inglaterra dejase de ser libre. Mientras más ingeniosa y eficaz fuese la máquina administrativa, tendría más inteligencia y energía y el mal sería mayor.
“Si fuera posible que todos los talentos del país fueran enrolados en el servicio del gobierno, si todos los negocios que en la sociedad requieren un concurso organizado y miras vastas y comprensivas estuviesen en las manos del Estado; si los empleos públicos estuvieran desempeñados por los hombres más hábiles, toda la inteligencia y toda la capacidad del país, además de la pura especulación, estarían concentradas en una numerosa oficinicracia, hacia la cual el país volvería sin cesar los ojos: la muchedumbre para recibir de ella la orden y la dirección, y los hombres capaces y ambiciosos para obtener un ascenso.
“Entrar en la Administración, y una vez entrado ascender, sería la única ambición. Bajo semejante régimen, no solamente el público, á quien falta la práctica, es inhábil para criticar ó contener en su marcha á las oficinas, sino que además reforma alguna se puede hacer si contraría el interés de la oficinicracia, á no ser que las circunstancias conduzcan al Poder á un jefe que tenga el gusto de las reformas. Tal es la triste condición del imperio ruso: el zar puede desterrar á la Siberia, á quien quiere, pero no puede gobernar sin las oficinas ni contra ellas. Sobre cada uno de los decretos imperiales las oficinas tienen un veto tácito, pues les basta no ejecutarlo.
“En países más adelantados ó menos pacientes, en que el público está acostumbrado á que todo se haga por el Estado, ó, por lo menos, á no hacer nada sin pedir al Estado su permiso ó su dirección, se echa naturalmente la culpa al gobierno de todo el mal que se sufre; y cuando el mal es más fuerte que la paciencia, el pueblo se subleva, se hace lo que llaman una revolución, en virtud de la cual se instala en el trono real otra persona que envía sus órdenes á las oficinas, y todo sigue marchando como antes, sin que las oficinas cambien y sin que nada sea capaz de reemplazarlas.
“Un pueblo habituado á hacer sus propios negocios ofrece un espectáculo muy diferente. Dejad á los americanos sin gobierno: al punto improvisarán uno y dirigirán los negocios comunes con inteligencia, orden y decisión. Así debe ser un pueblo libre; todo pueblo que tenga esta capacidad está cierto de ser libre; no se dejará jamás dominar por un hombre ó por una corporación, porque él sabrá siempre manejar las riendas de la Administración central. Pero en un país en que todo se dirige por las oficinas, no se hará jamás nada contra su oposición.