“Concentrar la experiencia y la habilidad de la nación en un cuerpo que gobierna al resto del país es una organización fatal: mientras más perfecto sea el sistema, con más facilidad se alcanza á dirigir y á enrolar á los hombres capaces, y es mayor la servidumbre de todos, incluso la de los mismos funcionarios públicos. Los administradores son tan esclavos de su máquina como los administrados lo son de sus administradores. Un mandarín de China es el instrumento y la cosa del despotismo tanto como el más humilde paisano. Un jesuita es el esclavo de su orden, aunque la orden exista por el poder y la importancia colectiva de todos los miembros.
“Lo que acaba siempre por hacer el valor de un Estado es el valor de los individuos que lo componen. Un Estado que sacrifica la elevación y la elasticidad intelectual de los ciudadanos á un poco de más habilidad administrativa ó á esa apariencia de habilidad que da la práctica de los detalles; un Estado que aun con miras bienintencionadas subyuga á los individuos para hacerlos instrumentos más dóciles, verá al fin que con hombres pequeños no se hacen grandes cosas: la perfección mecánica, á la cual lo inmola todo, acabará por no servirle de nada, por falta de aquel elemento vital que arrojó para que la máquina marchase más fácilmente.
“Tal es la conclusión de Mr. Mill—exclama Laboulaye, después de copiar lo que se ha leído—; es un desmentido dado á la sabiduría del día; el autor se pone á través de la corriente, resiste á una opinión poderosa en el continente, que aún gana terreno en Inglaterra”...
Entonces, si Mill defiende la libertad individual de las invasiones del Estado y de la Administración, ¿por qué se le reprocha que en su libro sobre la Libertad no se ve el Estado? Él no señala, porque no entra en los propósitos de su libro, el modo cómo debe organizarse el Estado para dejar á la libertad individual toda su acción; pero determina todos los vicios de que adolecen hoy los gobiernos constituidos en Europa para considerarlos como verdaderos enemigos de los derechos y de las facultades activas de la sociedad, en cuya ruina fundan aquellos gobiernos su imperio.
No está allí el defecto de la obra de Mill, sino en que con su teoría justifica los mismos vicios que él reconoce, ó á lo menos les presta una cómoda defensa, como lo hace Humboldt al señalar los principios que en su concepto deben oponerse al sistema que predomina en el Viejo Mundo. Á Humboldt y á Mill les ha pasado lo que á los sabios con la electricidad y el magnetismo: que conocen estos elementos de la naturaleza, pero no los comprenden ni pueden explicar sus leyes.
Aquellos políticos conocen también la libertad, estudian sus aplicaciones y aun ven sus resultados benéficos, pero no la comprenden, porque están preocupados por los errores que el sistema viejo, el sistema de la fuerza, el de la unidad absoluta del Estado, hace pasar como verdades inconcusas en la sociedad europea.
Si así no fuera, ¿cómo podría establecer Mill que “en una sociedad civilizada, el Estado no puede intervenir en la vida de un individuo sino para impedirle dañar á otro?” ¿Cómo podría sostener que la libertad del individuo debe limitarse por el daño que puede hacer á los demás? El individuo, dice Mill, es dueño de sí mismo, de su cuerpo y de su alma, y esa es una soberanía que ningún extraño tiene derecho de trabar; pero desde que él mismo establece que el Estado puede intervenir en el uso de esa soberanía para impedir que el individuo dañe á otro, semejante soberanía desaparece en presencia del poder del Estado, que es el único que puede juzgar de aquel daño y que tiene poder de encontrarlo allí donde á él le convenga verlo.
Tal concepción de la libertad es tan falsa, que en América no hay quien no reconozca su absurdo. Una hábil escritora americana preguntaba á propósito de esta doctrina, á qué podrían quedar reducidas la libertad de imprenta, la de asociación, todas las demás libertades de que tanto se enorgullecen los ingleses, desde que le fuese lícito al Estado calificarlas como dañosas y limitarlas en virtud del daño que en su concepto produjeran á la sociedad ó á otros individuos.
Esta teoría no señala al Estado sus verdaderos límites; de modo que aun cuando ella reconozca que la libertad es el derecho de los individuos y de la sociedad, reconoce también como legítimo el poder absoluto, cuyos vicios, cuyos extravíos y cuyas invasiones contra la libertad señala el mismo autor con tanta verdad y con tan admirable precisión.
Mill no tiene una idea clara de la libertad, á pesar de que la descubre y la reconoce en todas las esferas de la actividad humana, así como los físicos ven la electricidad en todos sus fenómenos sorprendentes sin comprenderla. Para él la libertad no es otra cosa, en último resultado, que la protección del individuo contra todas las tiranías, sea que éstas vengan del Estado ó de la sociedad. Mas procede suponiendo la existencia de un gobierno irreprochable en su origen y en su organización, y hallando el peligro solamente en la opresión de las mayorías sobre las minorías ó el individuo, se propone buscar el punto en donde comienzan la competencia de la sociedad y la del individuo, que hasta ahora no han sido netamente definidas; y encuentra ese principio salvador en la protección de sí mismo, que es el único objeto que autoriza á los hombres, individual y colectivamente, á intervenir en la libertad de acción que pertenece á sus semejantes. El criterio que establece para reconocer esa protección de sí mismo, para descubrir cuáles son los casos en que el daño causado por la libertad individual puede autorizar la intervención de la sociedad para limitarla, es el principio de utilidad.