¿Qué significa el privilegio de una dinastía, la perpetuidad y la irresponsabilidad de un monarca, sino un peligro latente contra todos los derechos del individuo y de la sociedad, que sólo pueden tener aliento á la sombra de la igualdad y al amparo de un poder protector nacido del pueblo y limitado, como lo está la soberanía de éste por el principio de justicia? Las teorías de los nuevos liberales europeos son tan falsas como las teorías democráticas y socialistas, que llevan en su fondo las ideas griegas y romanas.

El sistema liberal sólo puede hallar su forma definitiva en la República americana, y son las ideas americanas las únicas que pueden acabar para siempre con la civilización pagana, que se perpetúa en la política europea merced al gobierno monárquico, á los privilegios aristocráticos y á las crasas preocupaciones y funesto orgullo con que la Europa desdeña al Nuevo Mundo, que es el mundo de la nueva luz.

NOTAS:

[11] Courcelle Seneuil: Études sur la science sociale, París, 1862.

[12] Véanse nuestros Elementos de derecho público, capítulo II, párrafo II, y la Historia constitucional del Medio Siglo, cuadro tercero, pág. XI.

[13] Aunque no hubiera, entre otras muchas razones, más que esta sola, ella bastaría para que las universidades americanas dejaran de enseñar el derecho romano en la forma en que lo hacen, como una asignatura indispensable para la profesión de abogado. El derecho romano debería ser materia de lecciones históricas dadas oralmente á los que quisieran ilustrarse en la historia del derecho, y de ningún modo debe enseñarse como base fundamental de la jurisprudencia, que en el día no puede sacar su fundamento de una civilización tan contraria á la nuestra.

VIII

El estudio filosófico de las teorías de los más distinguidos publicistas europeos nos ha puesto en evidencia sus errores y sus preocupaciones, y nos ha manifestado cuán lejos se encuentran de la verdadera ciencia política. Ellos comprenden las verdades fundamentales, no hay duda, y nos presentan admirables lucubraciones en el campo de la Filosofía; pero cuando tratan de aplicar esas verdades á los hechos, la preocupación eclipsa sus inteligencias poderosas, y obcecados por el imperio de la costumbre pretenden conciliar los principios con los dogmas antisociales de la monarquía latina, dando á luz una entidad monstruosa.

¿Quién ha tenido miras más vastas que Jules Simón al estudiar la libertad bajo todas sus fases? Y, sin embargo, ¿cuál es el gran resultado á que aspira aquel brillante escritor cuando se propone organizar el Estado de una manera favorable á la existencia y desarrollo de los derechos que constituyen las libertades sociales? Se contenta con aspirar á que la sociedad sea regida por la ley natural y á que el Estado vaya suministrando el goce de la libertad á medida de las necesidades de los asociados.

“Naciendo—dice—los derechos del Estado únicamente de la necesidad social, deben ser estrictamente mesurados por esta necesidad, de tal modo que á medida que esta necesidad disminuya por el progreso de la civilización, el deber del Estado es disminuir su propia acción y dejar más lugar á la libertad. En otros términos: el hombre tiene derecho en teoría á la mayor libertad posible; pero en el hecho no tiene derecho sino á medida de su capacidad para ser libre”. Laboulaye le responde: “Quién impide al Estado declararse intérprete y ejecutor de la ley natural? ¿No es así como se ha convertido la religión en instrumento del despotismo, y como se la ha hecho servir al regalado placer de los gobiernos? Si mi capacidad de ser libre es la medida de mi derecho, y si el Estado es el juez de esta capacidad, me imagino que será necesario más de un día para obtener la independencia.