“El Estado es como los tutores y los padres; aquellos á quienes educa siempre son niños para ellos; se nos hará envejecer en una eterna minoridad. Hace treinta años que oigo la misma respuesta siempre que se reclama una libertad: El Estado no desea otra cosa que concederla; pero el pueblo no está maduro: es preciso esperar una prudencia, que no llega jamás. Eso es lo que se dice á los negros para excusarse de emanciparlos”.
El error nace de considerar la libertad como una cosa distinta del derecho y á la cual se tiene derecho; como algo parecido á la voluntad de hacer ó no hacer á nuestro libre arbitrio lo que se nos ocurra; y por eso se cree que el Estado también tiene derechos, que necesita defender contra las arbitrariedades de esos niños sin seso que gobierna y que pueden llegar á rebelarse si se les da suelta.
Felizmente no es así: la ley natural que rige á la humanidad nos enseña que ese fantasma temible que se llama libertad no es otra cosa que el uso de cada uno de los derechos que al hombre y no al Estado ha dado la naturaleza; el uso de cada una de las condiciones voluntarias de la existencia y de la perfección humana, y mal puede creerse, sin caer en un absurdo, que si el hombre tiene en teoría la facultad de gozar de todos sus derechos, cuyo conjunto forma la mayor libertad posible, en el hecho no tenga aquella facultad sino en proporción de su capacidad.
La ley natural que se invoca no ha cometido el despropósito de decir al hombre que solamente podrá existir y desenvolver sus facultades, para alcanzar su perfección cuando tenga capacidad probada para usar los derechos que le corresponden para lograr aquellos fines.
No, ella ha sido más sabia, pues que dejando al hombre mismo la tarea de su perfección y la de sus propias criaturas hasta que ellas puedan valerse por sí mismas para atender á su desarrollo, no le ha dado á aquél un amo ó un tutor de quien vaya recibiendo poco á poco los derechos de que ella lo ha dotado ampliamente; y si los hombres en sociedad necesitan de la institución civil que se llama Estado, no es para que éste los despoje de sus derechos, sino para que los represente y se los suministre á todos, sin excepción ni limitación, en cada una de las esferas de su actividad.
Ahora bien: si la inteligencia es la base del sentimiento y, por consiguiente, de las costumbres que éste forma y mantiene, ¿qué puede esperar la América de la Europa si la inteligencia de ésta no inicia siquiera al sentimiento en las verdades que pueden purificar las costumbres políticas?
Si los sabios publicistas europeos nada nos ofrecen en sus teorías, ¿podrán presentarnos mejores modelos las leyes y las costumbres de aquellos pueblos envejecidos en los terribles errores que ha convertido allí en dogmas un despotismo de tantos siglos? ¿Qué nos ofrece la Francia después de setenta y cinco años de revoluciones sangrientas y de costosos ensayos para conquistar sus libertades? Veamos su situación.
La libertad religiosa no existe allí propiamente, aunque se toleran todos los cultos, porque ellos dependen del Estado, que encubre una verdadera servidumbre bajo la protección que les presta. Esa protección lo autoriza para injerirse en la cuestión de Roma, y en cuanto á la administración interior, “las leyes no están de acuerdo con el gran principio de la libertad religiosa”, porque no permiten las reuniones, aunque éstas tengan el santo objeto de leer el Evangelio. Los publicistas reclaman cada día aquella libertad, y hay un fuerte partido que ha inscripto en su pendón el absurdo lema de la Iglesia libre en el Estado libre[14], cuya invención disputa Montalembert á Cavour.
En cuanto á las otras libertades, oigamos la queja profunda que se exhala en esa Francia que se supone tan adelantada en instituciones políticas:
“La libertad de reunión y de asociación es desconocida en Francia, tan desconocida, que apenas se piensa en ella. Lo poco que subsistía se suprimió bajo el último reinado por una rígida ley, que no debiera haber sobrevivido á las circunstancias. M. Guizot, en un pasaje de sus Memorias en que se juzga á sí mismo con una severidad de buen gusto, lamenta que se haya trabado indefinidamente y de un modo general uno de los derechos civiles más preciosos, una de las condiciones esenciales de la civilización moderna.