“Basta mirar á la Inglaterra para ver los milagros que allí produce la asociación. Esta es la fuerza de los países libres, ella contribuye más que todas á contener al Estado, haciendo hacer voluntariamente á la sociedad lo que la administración hace sin nosotros, muchas veces á nuestro pesar, y siempre con nuestro dinero. En los Estados Unidos, como en Inglaterra, la asociación basta para todo: religión, educación, letras, Ciencia, artes, hospicios, establecimientos de beneficencia, cajas de ahorro, seguros, bancos, caminos de hierro, industria, navegación, todo eso vive y prospera por el libre esfuerzo de los ciudadanos. ¿Se ve allí que las iglesias sean menos numerosas y menos bien dotadas[15], las misiones menos ardientes, la caridad menos activa, el espíritu de empresa menos difundido? Esta es una nueva prueba de una verdad que es necesario no dejar de repetir...
“Se dice que la Francia está habituada á contar para todo con el Estado: lo sé, y esa es nuestra debilidad. Pero con el pretexto de la mala educación que se nos ha dado y de los hábitos fastidiosos que se nos imponen, no se debe declararnos incapaces. Las Compañías de ferrocarriles y de navegación han prosperado; las sociedades de socorros mutuos están en plena actividad; jamás hemos faltado contra la libertad cuando se nos ha dejado hacer. Bien se podría confiar más en el país.
“El Estado—se agrega—no rehúsa autorizar lo que es bueno, honesto y prudente; sea, pero es siempre la misma tutela, y una tutela injustificable. Para ilustrar y servir á mis conciudadanos, para fundar una escuela, un hospicio, una iglesia; para gastar mi fortuna de mi cuenta y riesgo, tengo necesidad de solicitar la autorización de las oficinas y de plegarme á sus preocupaciones. Muy afortunado si, después de mil dilaciones y fastidios, se me concede como un favor lo que me corresponde de derecho. La administración—se repite—está compuesta de hombres de talento, animados de las mejores intenciones; que así sea, pero además de que ellos no son infalibles y de que sus antepasados se han equivocado más de una vez, hace ya más de veinte siglos que los antiguos definían la libertad como un régimen en que se obedece, no al hombre, sino á las leyes.
“Libertad de enseñanza.—Los católicos han atacado el monopolio de la universidad y han acabado por abrir brecha... Pero no tenemos la menor idea de lo que debe ser la enseñanza superior en un pueblo civilizado; no obstante de que en nuestras facultades es donde debería tomar ideas vastas y sanas la generación que más tarde dirigirá nuestros negocios. ¿Hay, pues, algún peligro político en emancipar á los profesores y á los estudiantes?; la Bélgica ha dejado al clero fundar una universidad en Lovaina, los liberales han establecido otra en Bruselas: ¿se ve que reina el espíritu del desorden á nuestras puertas?
“En Alemania el profesor es diez veces más independiente que en Francia; se habla allí de todo con un atrevimiento que nos asombra. ¿Cuál es el resultado de esta pretendida licencia? Gracias á ella, la Alemania engaña esa necesidad de libertad política que la agita desde 1815; la revolución es permanente en las universidades; pero lo que allí se destrona son los sistemas de filosofía y no los gobiernos.
“Cuando pasa la primera furia de la juventud se entra en la vida real con el gusto por la Ciencia y el amor de la Patria. ¿Es eso lo que sacamos nosotros de nuestros establecimientos tan bien reglamentados?
“La libertad de la prensa es una de las conquistas que debemos á la Constitución de 1830. Ella es una de las grandes causas de la influencia francesa en Europa... Pero la libertad de la prensa será incompleta mientras no exista la entera libertad del diario... El diario es el forum de los pueblos modernos, la plaza pública donde cada uno tiene derecho de proponer sus ideas y de hacer oir sus quejas. Si él es otra cosa, la culpa la tienen las leyes celosas, que desde hace treinta años no han concedido sino una libertad á medias. Cuando con el timbre, la fianza, la autorización administrativa, la amonestación, el privilegio del gerente y del impresor se ha reducido el número de los periódicos, ¿qué otra cosa se ha hecho sino obligar á los partidos á reunirse alrededor de un pequeño número de estandartes?
“Les ha sido preciso olvidar sus disensiones intestinas, borrar las diferencias que los dividían, aceptar una dirección común, tomar una cucarda, recibir una palabra de orden; en suma, obrar como un ejército. Esta disciplina, esta unidad que espanta al Estado, es su propia obra. Lo que le da ese horror contra el diario es la fuerza facticia que le ha procurado...
“La libertad individual era un objeto que apasionaba á nuestros padres; hoy casi no hay más que los jurisconsultos que se ocupen en ella. Nos hemos habituado á un régimen que frecuentemente se elogia como una de las conquistas de la Revolución. El carácter honorable de nuestros magistrados, su dulzura, la indulgencia y á veces la debilidad del Jurado nos ocultan, afortunadamente, el defecto de nuestras leyes criminales.
“El espíritu de estas leyes es todavía el viejo espíritu de inquisición; ellas buscan culpables más bien que inocentes. La prisión presuntiva se prodiga, la instrucción secreta del sumario no deja al acusado otra garantía que el honor y las luces del juez. En las Cortes, el presidente sólo dirige el interrogatorio de los prevenidos y de los testigos; él es el que, por su resumen, tiene de ordinario en sus manos la suerte del acusado: todo eso es lo contrario de las leyes inglesas y americanas. Estas favorecen la libertad bajo de fianza, dan publicidad al proceso en todos sus grados y hacen del presidente de los asisas el protector del acusado. No hay acusado en Inglaterra que pueda quejarse de las instituciones ó de los hombres; si cae, es sólo bajo el peso de su propia infamia.