“Allí donde los derechos de todos son iguales, cada uno defiende el suyo y no hay lugar á la opresión; mas para eso no basta que la igualdad esté en las leyes, es necesario que ella exista también para las ideas y las creencias, que la mayoría respete el derecho de la minoría, aun cuando ésta se componga de un solo hombre; es preciso que la opinión colectiva ponga límites al espíritu de proselitismo y contenga las tentativas que con el pretexto del proselitismo, del bien del prójimo podrían hacerse contra la libertad de las personas.

“Conviene dejar á cada uno y á todos la facultad de enseñarlo todo, aun el error y el mal, porque jamás el error es tan prontamente vencido como cuando se muestra libremente en plena luz, y porque si el mal tuviera por sí mismo una fuerza superior, nada le habría impedido prevalecer en el inmenso desorden cuyo recuerdo llena los anales de la humanidad.

“Si él no ha podido resistir á los movimientos de instinto, á un sentimiento de conservación vivísimo en los momentos de peligro, pero poco razonado y casi insensible en tiempos de calma, ¿cómo podría resistir á las luces de la discusión libre y de la experiencia? En realidad el error no es peligroso sino en tanto que puede apoderarse del poder coactivo y á causa del uso que de éste puede hacer contra la verdad, mas desde que se quita á este poder toda atribución espiritual, el peligro desaparece”.

M. Courcell-Seneuil cree, como Stuart Mill, que estos principios, proclamados desde hace poco tiempo en Europa, están muy lejos de su aplicación, porque todos los gobiernos de la tierra, cuál más, cuál menos, se atribuyen una porción de poder espiritual y pretenden dirigir la opinión en ciertos respectos, corregirla á su fantasía, y porque la opinión pública no está aún más avanzada, puesto que si se la consulta bien, se la encontrará más intolerante que los gobiernos mismos en muchos casos.

Ello es cierto si se habla de la Europa y de la América ibera; pero de ningún modo es cierto si se habla de los Estados Unidos de Norte-América, porque allí, como lo hemos dicho, el poder del Estado no puede legislar sobre la religión, ni sobre el pensamiento ni su expresión, ni sobre la asociación, ni sobre nada de lo que corresponde á los dominios del espíritu y de la libertad individual, pues su Constitución se lo prohibe expresamente. Así es que aquellos principios, apenas enunciados en la ciencia política europea, son una realidad práctica en Norte-América y cada día conquistan más realidad en el resto del Continente, merced á las instituciones democráticas.

Pero sin hacerse cargo de aquella realidad, el filósofo francés va más rectamente que el inglés y con más franqueza que todos los demás políticos europeos á la democracia, porque sostiene que solamente en ella puede realizarse el ideal de los principios que proclama, es decir, ese arreglo social cuya primera y más indispensable condición es la independencia absoluta del poder espiritual, la libertad absoluta del pensamiento y de su expresión bajo todas sus formas, libertad que no bastaría por sí sola, si no se asegurase al mismo tiempo el predominio de la opinión pública sobre el poder coactivo.

Toda sociedad—dice—tiende á armonizar los dos poderes por la subordinación del uno al otro; luego está en el orden natural que el pensamiento domine y dirija la acción, que ésta no sea más que una manifestación, y en cierto modo la estampa del pensamiento. Tal es el ideal de la democracia.

Pero para que las instituciones democráticas funcionen bien y produzcan todo el efecto que hay derecho de esperar de ellas, es necesario que sean generalmente comprendidas, que existan en la sociedad costumbres capaces de soportarlas, que el Poder político esté organizado de tal manera que los funcionarios públicos estén sometidos á la opinión y no puedan fácilmente servirse de su mandato en provecho de un interés privado contrario al interés social.

Esas son también las condiciones que señala Stuart Mill como indispensables para que el gobierno democrático pueda subsistir; ambos filósofos creen que sin ellas no hay democracia posible. Pero es necesario que adviertan que solamente la práctica de este gobierno es capaz de producir tales condiciones.

Solamente un pueblo regido democráticamente, aunque principie sin comprender las instituciones democráticas, puede ilustrar sus ideas y modificar sus costumbres de modo que se forme en él, sin esfuerzo y sin violencia, el hábito de considerar las funciones públicas como un mandato revocable por su naturaleza, que debe ejercerse por el interés colectivo de los mandantes, y no por el del mandatario. Solamente el gobierno democrático, que soporta y aun exige una gran división de los servicios públicos, á fin de que el mayor número de los ciudadanos se inicie en el servicio de los intereses colectivos, puede por su práctica dar á la opinión pública ese vivo sentimiento de justicia que impide que la mayoría se sirva del poder como de un instrumento de opresión de la minoría, y que hace que cada uno respete en otro sus propios derechos, que son los de todos.