“No debemos limitarnos—dijimos entonces—á expresar una simple opinión, cuando las circunstancias nos imponen el deber de consignar en nuestra legislación el principio que debe servir de base á nuestra política y á la de la América entera en la nueva época que abre la Europa, cambiando en sus relaciones con la América española la base de los intereses pacíficos por los principios proclamados en 1823 por la Santa Alianza. Nuestro primer deber es estudiar bien la situación presente para comprender la actitud que la Europa acaba de tomar respecto de la América. Recordaremos los hechos pasados para apreciar los presentes.
“Luego que Fernando VII se vió repuesto en su poder absoluto por el ejército que la Francia encomendó á un nieto de San Luis para ahogar en España los principios liberales, dirigió su atención á la reconquista de las colonias emancipadas en América y solicitó que la Rusia, el Austria, la Prusia, la Inglaterra y la Francia reunieran en París un Congreso para acordar los auxilios que debían prestar á la España á fin de arreglar los negocios de América.
“La Inglaterra, ligada por los muchos intereses comerciales que ya tenía entonces en América, y aspirando á impedir que la Francia dominase á la España en sus colonias americanas, como la dominaba en la Península, obró de manera que impidió la reunión del Congreso y cruzó los planes de la Santa Alianza. Para conseguirlo comenzó á obrar en este sentido antes que el rey de España expidiese la nota circular de diciembre de 1823, haciendo aquella invitación, pues en una conferencia que míster Canning tuvo con el príncipe de Polignac, ministro francés, el 9 de octubre de aquel año, quedaron establecidos los principios que ambas naciones tenían respecto de la cuestión americana, y el gobierno británico se preparó allí un antecedente para oponerse á las pretensiones de Fernando.
“El gobierno británico se pronunció contra toda tentativa dirigida á reducir á la América á su antigua dependencia de la España, y rechazó con energía la intervención de cualquiera potencia extraña en esta empresa, declarando que toda interposición extranjera, de cualquier naturaleza que fuera, autorizaría á la Gran Bretaña á tomar la resolución que exigieran sus intereses y á reconocer sin demora la independencia de las colonias.
“El ministro francés declaró que el reconocimiento puro y sencillo de aquellas provincias agitadas por guerras civiles, donde no había gobierno alguno que ofreciera apariencia de estabilidad, no parecía sino una real y verdadera sanción de la anarquía, y que por el interés de la humanidad y especialmente por el de las mismas colonias, sería digno de los gobiernos europeos concertar entre sí los medios de calmar en aquellas distantes y apenas civilizadas regiones las pasiones obcecadas por el espíritu de partido, y procurar reducir á un principio de unión en el gobierno, fuese éste monárquico ó aristocrático, unos pueblos entre los cuales tomaba cuerpo la discordia con teorías absurdas y peligrosas.
“El gobierno británico, al contestar después la circular del español, sostuvo y dilucidó la política que había adoptado contra la intervención de la Santa Alianza. Entretanto el Austria, la Prusia y la Rusia se convencieron de que no sólo era imposible la reconquista, sino que también lo era el plan tan deseado por la España y por el Austria de fundar en América una monarquía encargada de combatir las teorías absurdas y peligrosas de los republicanos. Entonces fué cuando redactó el Austria, de acuerdo con las otras potencias del norte, el plan destinado á conservar á la España las colonias que le eran fieles y á ayudarle á reconquistar las dudosas, reconociendo la independencia de las que se habían emancipado realmente. Este nuevo plan se estrelló en la decidida actitud que había tomado la Inglaterra, á la cual adhirió la Francia por entonces, y más que todo en la actitud de la América misma, pues la energía desplegada por los patriotas americanos estaba apoyada por el gobierno de los Estados Unidos, que había reconocido su independencia desde 1822, y que en 3 de diciembre de 1823, al saber las gestiones que hacía la España y las pretensiones de la Santa Alianza, había lanzado por medio de su presidente, el inmortal Monroe, la célebre declaración en que aquel gobierno anunciaba que estaba dispuesto á no permitir que ninguna potencia extraña de Europa interviniese en la contienda, porque había pasado ya el tiempo de venir á colonizar el Nuevo Mundo.
“Desde entonces las potencias europeas, respetando la intimación que la Gran Bretaña y los Estados Unidos habían hecho en 9 de octubre y en 3 de diciembre contra toda intervención en América, trataron de seguir el rumbo que les trazaban aquellas dos naciones poderosas, y procuraron entrar con los americanos en relaciones pacíficas y de mutuo interés.
“Ahora, después de cuarenta años, durante los cuales han tomado aquellas relaciones un carácter normal y de derecho por medio de los tratados y de las prácticas introducidas y mantenidas por el comercio, la Europa abandona bruscamente esta situación y vuelve á los propósitos y principios abandonados en 1823.
“Los hechos que se han verificado de tres años á esta parte no nos permiten dudar de este cambio tan infundado como perjudicial, que está basado en una reacción tan absurda como inconcebible en favor de los despropósitos de la Santa Alianza. La Inglaterra misma ha participado de él, y como si hoy sus intereses en América no fueran más valiosos que en 1823, los olvida, y olvida sus principios, por contemporizar con el emperador de los franceses, que ha tomado á su cargo el realizar las aspiraciones de la Santa Alianza, empeñando en la empresa al Austria, por medio de la constitución de una monarquía en América, destinada, como la que el Austria deseaba en 1823, á combatir las teorías absurdas y peligrosas de los republicanos.
“Esta empresa, que al principio se miró en Europa como de resultados dudosos y un poco atentatoria, es hoy aceptada por todos los gobiernos y por todos los hombres de Estado de aquel Continente, porque la opinión europea estaba preparada para aceptarla.