“La prensa y los discursos de los parlamentos de Europa nos muestran que allí, principalmente en Francia, creen los hombres públicos, como creía en 1823 el príncipe de Polignac, que por el interés de la humanidad y especialmente por el de los mismos países americanos, es digno de los gobiernos europeos adoptar la intervención como un medio de calmar en estas apenas civilizadas regiones las pasiones obcecadas por el espíritu de partido, y procurar reducir á un principio de unión en el gobierno monárquico unos pueblos entre los cuales ha tomado cuerpo la discordia con teorías absurdas y peligrosas.
“Hoy no hay una voz que se levante allí, como en 1824 la del marqués de Lansdowne en la Cámara de los Lores, para decir que aquellas teorías absurdas eran capaces de consolidar nuestra felicidad, y que si se condenaba y se desacreditaba á la América por las disensiones que ocurrían aquí, como bajo cualquiera otra especie de gobierno, era porque la crítica de los gabinetes no se ve fácilmente apurada cuando se trata de censurar otros sistemas, á fin de entrometerse en negocios ajenos, y que así podría serle muy fácil al gran turco desacreditar al gobierno francés y dar cierto colorido á las mudanzas gubernativas de la Francia y á las conspiraciones de que tantos franceses se veían acusados.
“No, hoy es opinión común en Europa la de que en la América no hay instituciones, sino desórdenes. Los radicales mismos en Inglaterra se avergüenzan de que á su escuela se haya puesto el apodo de americana, y aun los sabios, que tienen más obligación de ser ilustrados que los que no han conquistado aquel título, nos acusan sin más fundamento que el de su ignorancia de lo que pasa en América. Los estadistas que más favor nos hacen creen que nuestra aspiración más enérgica en el día es la de acercarnos á la madre patria, y que cada día nos unimos más á la Europa en ideas políticas é intereses. Así lo acaba de declarar el presidente de la Comisión del Senado francés que informó sobre el reclamo de M. Crochet contra el Perú, agregando que la raza latina que habita estas magníficas regiones recuerda á menudo su origen (como si nosotros comprendiéramos esa diferencia de razas y guiáramos nuestros pasos por semejante preocupación), y que tendemos á separarnos de las doctrinas de la raza anglo-sajona, que permanece fiel á la doctrina de Monroe; como si esta doctrina rechazara al Viejo Mundo y quisiera vivir sin él, como dice aquel senador francés, y no se limitara á rechazar la intervención política de la Europa en nuestros negocios domésticos.
“Así piensan los que nos hacen más favor, con la particularidad de que llega á tanto su ignorancia acerca de nuestros asuntos, que el mismo senador se congratula en su discurso de que hayamos aceptado la idea de formar un Congreso americano, en la cual hemos sido iniciados por el gobierno del emperador, que puede en justicia reclamar el honor de haberla sugerido al presidente del Perú.
“Siendo tal el estado de la opinión pública de Europa respecto de la América, no debemos extrañar que la Francia y la España, con la aquiescencia de la Inglaterra, se hayan aprovechado de la situación anormal en que la América se encuentra por causa de la guerra civil de Estados Unidos, para realizar ahora los principios de 823; es decir: la intervención armada, la reconquista de las colonias emancipadas y la organización de una monarquía europea que combata en América las teorías republicanas, que son absurdas y peligrosas para la Europa y que han llegado á su último descrédito con la guerra que divide al norte.
“Hoy la Gran Bretaña no rechaza, como en 823, la intervención ni los medios que entonces proponían la Francia y la Santa Alianza, y la palabra de Monroe es vana, porque los Estados Unidos tienen que permitir la intervención en nuestros negocios, pues aunque ha pasado el tiempo de venir á colonizar el Nuevo Mundo, ellos no tienen los medios de impedirlo.
“¿Con qué pretexto podrían cohonestarse siquiera la intervención en Méjico, la reconquista de Santo Domingo y la ocupación de las Chinchas? ¿Con los créditos que reclaman la Francia en Méjico y la España en el Perú, ó con la solicitud de los partidos monarquistas de Méjico y de Santo Domingo? No con lo primero, porque Méjico y el Perú han estado siempre prontos á reconocer y pagar aquellos créditos, y, según la regla del derecho de gentes, como dicen Bello, Martens y Phillimore, el acreedor extranjero sólo tiene derecho de pedir que se le ponga en el mismo pie que á los otros acreedores del Estado, y su gobierno no está autorizado á intervenir sino cuando el Estado deudor adopta medidas fiscales fraudulentas é inicuas, con la manifiesta intención de frustrar los reclamos.
“La Inglaterra no ha intervenido nunca en estos casos y aun ha estado muy lejos de elevarlos á la categoría de cuestiones internacionales; solamente lo haría, como dijo lord Palmerston en su circular de 1848 á sus agentes diplomáticos, cuando las pérdidas de los acreedores llegasen á ser de gran magnitud y no hubiese medio pacífico de traer á su deber al gobierno deudor.
“Mucho menos con lo segundo, porque si bien en Europa han intervenido las naciones en la guerra civil á solicitud de uno de los partidos contendores, como lo hizo la Rusia contra los húngaros en Austria en 1848, esa práctica no puede jamás erigir en principio lo que á los ojos de la razón es injusto.
“Desde que un partido contendor invoca el auxilio de una potencia extraña, ultraja la soberanía de su patria y le hace traición; y si las cuestiones civiles no pueden tener otra solución racional que la que les dé la mayoría de la nación, es evidente que no se pueden conciliar la existencia misma de la nación, su soberanía y su honra con la intervención de un extranjero, aunque ésta sea solicitada por uno de los partidos contendores.