“Si en América olvidáramos esos principios, como se han olvidado en Méjico y Santo Domingo, y si hubiéramos de respetar la intervención europea que se funda en un olvido semejante, tendríamos que renunciar á nuestra existencia política, y daríamos á la Europa el arbitrio más fácil y expedito para sojuzgarnos. Dejemos que intervengan las naciones europeas unas en otras para mantener lo que ellas llaman su equilibrio; pero no permitamos que vengan á emplear contra nosotros las inmensas ventajas que les dan sus fuerzas y sus riquezas, porque no hay nada de común entre la política del equilibrio europeo y la política internacional americana.

“La Europa y la América en política son dos extremos opuestos, por más que la ciencia, la industria y los hombres europeos puedan aclimatarse en América y auxiliar nuestro progreso. Allá la monarquía y el socialismo con sus errores, con sus hondas preocupaciones y con sus arraigados intereses, que sirven de base á una espléndida corrupción, forman una entidad y un sistema de ideas que no existen aquí y que no pueden tener prosélitos en las naciones americanas de origen inglés y español, donde las sencillas formas republicanas han creado principios é intereses que no se conocen en Europa.

“¿Cómo podríamos entonces convenir en respetar la intervención é injerencia de las naciones de Europa en nuestros negocios, en nuestra soberanía y en nuestra personalidad política, sin perturbar las bases fundamentales de nuestra existencia y sin entregar nuestro porvenir á la ley que quisiera imponernos el interés monárquico de la Europa?

“Tales son los antecedentes que nos imponen ahora el deber de proclamar un principio genérico que sirva de base fundamental á nuestra política y á la de toda la América en la nueva época que inicia la Europa, en lugar de limitarnos á expresar la opinión de la Cámara relativamente al imperio mejicano. No es ese el único hecho que ha de prestar materia á nuestra política internacional: más tarde puede aparecer otra monarquía en Santo Domingo, un pacto de protectorado en el Ecuador, y qué sabemos cuántos otros hechos más creados por la política de la Santa Alianza, que tratan de realizar en la América los europeos, guiados por la poderosa Francia.

“No es posible tampoco dejar á la política variable del Ejecutivo la resolución sobre la conducta que debe observar Chile en todas esas emergencias. Sin dejar de ser patriota un gobierno, puede ceder á las sugestiones, á las amenazas, á los infinitos medios de que puede valerse la diplomacia europea, y aun á las inspiraciones propias del carácter de los hombres que gobiernen, para adoptar un hecho ó adherir á una doctrina que la Europa consumase ó proclamase en América, en el sentido de su nueva política.

“Eso introduciría la anarquía en nuestras relaciones internacionales americanas, y podría ligarnos de tal manera, que tendríamos después que aceptar, aunque nuestro honor y nuestro interés se opusieran, todas las consecuencias de un precedente de aquella naturaleza.

“Consignado el principio que propongo en nuestra legislación, tendrá que estrellarse en él la diplomacia, y nuestros gobiernos no perderán su tiempo en vanas discusiones, ni en expectativas ó temores infundados, cuando se vean en el caso de pronunciarse sobre algunos de los atentados que la política de la Santa Alianza nos depara.

“En esto no hay exageración ni novedad. Yo sé muy bien que aunque las ideas no se matan, mueren de muerte natural cuando se las exagera. El principio propuesto está fundado lógicamente en los sucesos que han reglado nuestras relaciones con la Europa desde 1823, y ha sido proclamado y sostenido desde entonces por varias naciones americanas, que tomaron ejemplo de la Inglaterra, que en 9 de octubre de 1823 se pronunció por medio del ilustre Canning contra esas intervenciones europeas en América, y que hoy mira con tantas simpatías.

“Haciendo abstracción de las protestas de la república de Colombia, hechas durante la guerra de la independencia contra las pretensiones de la España y de sus aliados, basta llamar la atención de la Cámara al mensaje que el inmortal Monroe, presidente de los Estados Unidos, pasó al Congreso en 1825, reiterando su declaración anterior, á próposito de la persistencia de la Santa Alianza en sus absurdos, y declarando que cualquiera tentativa por parte de las potencias europeas para extender el sistema de intervención nacional á cualquiera parte de la América, sería considerada como peligrosa para la paz y la seguridad de los Estados Unidos; y que cualquiera interposición de una potencia europea con el fin de forzar de cualquier manera á los gobiernos de América que han establecido su independencia, sería considerada como una manifestación de una disposición poco amigable hacia los Estados Unidos.

“Esta declaración fué aceptada y proclamada como una plataforma del derecho internacional americano por el Congreso de los Estados Unidos, que estableció también que no permitiría una colonización ulterior de parte alguna del Continente por las potencias europeas. El sucesor de Monroe, John Quincy Adams, se extendió hasta hacer de ella una de las bases políticas que debía adoptar el Congreso de todas las naciones americanas.