“Es inútil—decía aquella Comisión—suponer que una declaración semejante aumenta el peligro de una guerra con Francia. El emperador de los franceses hará guerra á los Estados Unidos cuando convenga á sus planes, y pueda hacerla sin peligro de su dinastía. Hasta entonces, no habiendo injusticia ni insulto de nuestra parte, no habrá guerra. Cuando llegue ese tiempo tendremos guerra; no importa cuánto sea ó haya sido de humilde, inofensiva y pusilánime nuestra conducta, porque nuestro pecado es nuestra libertad y nuestro poder, y la única seguridad del poder monárquico, imperial, aristocrático ó despótico, está en nuestra ruina y destrucción”.

Esa es la verdad. Los gobiernos americanos deben aceptar francamente la posición en que la naturaleza de los acontecimientos y el carácter de los principios á que deben su existencia los han colocado. No es esto aconsejarles que se pongan en lucha con la Europa: nada menos que eso; es solamente advertirles que tienen deberes que llenar en defensa de su personalidad y en desempeño de la tarea que les imponen los principios que representan y que están encargados de servir y de realizar en América.

Cuando llegue el tiempo tendremos guerra, la guerra que procede naturalmente del antagonismo de los intereses políticos de ambos continentes; no importa que no haya habido injusticia ni insultos de nuestra parte, ora sea humilde, inofensiva y pusilánime nuestra conducta, ora sea adicta y amiga de los poderes europeos.

Pero si los gobiernos han trepidado en la adopción del principio, la opinión pública de toda la América española no ha vacilado en aceptarlo. Las únicas objeciones que conocemos contra él se han elevado en la prensa brasilera. Allí se rechaza la idea de una liga americana contra la Europa, suponiendo que la alianza propuesta en los congresos americanos que hasta ahora se han reunido tiene ese carácter de una liga contra la Europa.

Los trabajos de aquellos congresos y sus discusiones prueban lo contrario; la alianza se limita á la defensa común, en casos de ataque á la independencia y soberanía de alguno de sus miembros; mas no se extiende, como se supone, á los casos en que un Estado europeo tenga derecho de emplear los medios de fuerza autorizados por la ley internacional, para obtener de cualquier país de América las satisfacciones que les sean debidas. Ha sido necesario calumniar el pensamiento para confutarlo; confundir la necesidad que la América tiene de fijar y deslindar sus derechos y de defenderlos, con el propósito de una liga para hacer la guerra á Europa, en que nadie ha pensado. Las objeciones de que hablamos no sólo se dirigen contra aquella alianza, punto que, por otra parte, admite todavía discusión, sino especialmente contra la aplicación á toda la América de los principios que comprende la doctrina de Monroe.

Se cree que esta política tuvo su época precisa, y que las circunstancias que la autorizaron en 1823 no se han reproducido. Se sostiene que la América no debe tener una política especial, porque eso sería admitir también que las cinco partes del mundo constituyen otras tantas políticas diferentes y rivales; lo cual sería injuriar el dogma altamente civilizador y cristiano de la unidad de todos los hombres en un solo pensamiento, y sentar que debe haber dos justicias, una para la América y otra para la Europa, un derecho internacional para el uso particular de los países del Nuevo Mundo y otro para los antiguos. Se proclama también que la política europea es un fantasma que no existe, y que sería necesario que toda la Europa se aliase contra la América, ó que se renovase la Santa Alianza, para justificar el pensamiento de una política americana como la que insinúa la doctrina de Monroe.

Si la América tiene y debe tener una política especial, no es porque sea una de las partes del mundo ó un Continente distinto de la Europa, sino en razón de los principios, de las ideas, de los hábitos y aun de las preocupaciones que predominan en la vida política, y que sirven de base á distintos intereses en ambos Continentes, según lo hemos demostrado.

Si esa diferencia existiese entre todas y cada una de las cinco partes del mundo, y no estuvieran ligadas todas las que componen el Viejo Mundo por principios é intereses análogos á los que predominan en Europa, sostendríamos también lo que en el Brasil parece una herejía contra el dogma civilizador de la unidad del género humano. No es extraño que allí sea censurada de este modo la doctrina americana, como no lo sería que se creyera que el dogma cristiano que se invoca debe necesariamente realizarse cuando sea universalmente admitido el principio pagano, y, por consiguiente, anticristiano, de la monarquía latina.

Pero si lo racional es creer que la unidad del género humano no puede realizarse sin la democracia, es también forzoso admitir que no pueden ser unos mismos los principios de la vida pública de la América democrática y de la Europa monárquica, y que es indispensable, no que haya dos justicias, ni dos derechos internacionales para el uso particular de los países del Nuevo Mundo y del Antiguo, sino que los absurdos que los intereses monárquicos han elevado á la categoría de derecho consuetudinario en Europa dejen de ser reconocidos y aplicados en América, porque la justicia, que es una en todo el mundo, los execra y condena, y los hace impracticables allí donde ella impera á la luz de las instituciones democráticas, las cuales oponen el interés de los pueblos á los privilegios monárquicos y aristocráticos.

Por otra parte, creer que la política europea es un fantasma que no existe, porque no hay allí una alianza contra la América, es desconocer la multitud de hechos históricos que nos prueban que los intereses antagonistas de la Europa no necesitan de una alianza entre las potencias para revelarse y para inspirar á cada una de ellas una conducta hostil á los intereses americanos.