Tornó á la antigua calma, indiferente.

Más torvo, más feroz á cada instante

Según adelantaba en su lectura

Se tornaba del Árabe el semblante.

Fulguraban sus ojos: insegura

Plegaba una sonrisa repugnante

Su desdeñoso labio, y la amargura

De la hiel que el escrito rebosaba

En su lívida faz amarilleaba.

«¡Traidores!—dijo al fin, el pergamino