De la palma jamás la dulce savia
Fecundó la mortífera cicuta:
No es hijo mío quien mi fe mancilla,
Y yo, sin vacilar, contra el impío
Alzaré de las leyes la cuchilla.
—Piénsalo, Amir.—Mi ley es absoluta.
—Muley, en su favor habló el destino.
—Yo haré mentir la predicción aciaga,
Y su estrella fatal, que nos amaga,
Apagaré en mitad de su camino.»