Del ave se oyó ahora.—Es una seña

Que viene de las márgenes del río.

—Sí, y en hacerse comprender se empeña.»

Acercáronse más á la calada

Barandilla exterior del antepecho:

Mas Aija, de repente y sin ser dueña

De sí misma, cubriendo con su pecho

El pecho de Abú Abdil, gritó: «¡Hijo mío!»

Silbando entró por el postigo estrecho

Del balcón una flecha disparada