No pudiera, al mirar su indiferencia.

Sospechar que el papel era importante.

Leyó con avidez, pero serena:

Y aquella alma viril, que dominaba

Del placer el exceso y de la pena.

No dejó percibir á quien miraba

El gozo inmenso de que estaba llena.

¡Tanto era altiva, perspicaz y brava!

«Hijo mío Abdilá, dijo tras breve

Pausa, vas á partir. La muerte fiera.