Tú que, al vestirme mi mortuorio velo,

Dirás conmigo mi oración postrera:

Tú que abrirás con el sepulcro al alma

De la tranquila eternidad la calma:

Tú que, al soplo de un aura perfumada,

Con mi espíritu errante has recorrido

los desiertos del África abrasada,

Pensil de palmas, de serpientes nido:

Y los cármenes frescos de Granada,

Edén para los Árabes perdido: