Y los talleres de Albión obscura:

Y de París la bacanal impura:

Tú que, perenne, con materna mano

Conservaste en mi alma por doquiera

De la Esperanza el incorrupto arcano

Y de la Fe la inextinguible hoguera:

Tú que, al cruzar el arenal mundano,

Has templado mi sed rabiosa y fiera

Aplicando á mis labios la ambrosía

Del cáliz de la dulce poesía;